jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Es malo ser Incongruente en un Mundo Intolerante?

Existen muchas razones por las cuáles, diferir de lo que la mayoría de la comunidad en la que coexistes piensa o cree, es en detrimento de una vida armónica, pacífica e –incluso- segura. Entre los ejemplos de este tipo de creencias están desde las aparentemente más burdas, como el equipo de fútbol al que se apoya, hasta otras más serias, como ser homosexual. En cada una de ellas los matices son diferentes, pero casi en todas existen factores en común que parecieran indicar que el sentimiento que las origina es en todas el mismo: la intolerancia.

La intolerancia debe tener cierto respaldo biológico (genético) para existir, y me atrevo a decir que es un sentimiento innato a todo ser humano. Quizá es un rasgo evolutivo útil excluir a “los diferentes” y quizás estamos biológicamente pre-condicionados a temer a quienes consideramos diferentes a nosotros (de la misma manera que lo estamos para salivar si vemos un apetecible pedazo de comida). En ese sentido, quizás no podamos erradicarla, pero la impresionante acumulación de información y respuestas que hemos encontrado como especie, nos puede ayudar a entenderla y encauzarla para que ella genere el menor daño posible a los individuos de nuestras sociedades.


“Aprender a amar a dios en tierra de indios…”

Este popular refrán engloba un sentir tradicional de profunda anti-tolerancia. Su origen pareciera ser el odio que sentían las comunidades que habitaban este territorio de América hacia los colonizadores/conquistadores europeos, que justificaban las atrocidades que cometían en contra de ellos en el “nombre de dios”. Ellos solían justificar las inhumanidades que cometían pensando que estaban actuando con “el respaldo del señor” al bautizarlos en la Iglesia que representaban. Irónicamente, ahora quienes más usan este refrán son católicos creyentes de aquél mismo dios que tanto odiaron los “indios”, e irónicamente también, esos mismos “indios” cometían atrocidades entre ellos de naturaleza similar o incluso peor.
El punto de traer el refrán a colación, es que pareciera indicarnos que la intolerancia es tan aceptada como éste, tan utilizado en muchas situaciones, y que dicha intolerancia tiene repercusiones de toda índole en aquellos que difieren de la mayoría de un grupo determinado, desde ostracismo político y social hasta verdaderos linchamientos.
Pero ¿cuál es el origen de la intolerancia? En sentido general, ya lo dijimos, debe tener un origen biológico (genético) que por alguna (o varias razones) premió a aquellos individuos que excluían a otros que eran diferentes, de la misma forma en que los genes altruistas lo han hecho. Quizás ese sea una de las grandes paradojas que los antropólogos aún no han acabado de explicar a cabalidad: ¿Por qué residen en nosotros comportamientos tan altruistas y tan intolerantes simultáneamente? Por supuesto que hay muchos estudios sobre la materia, y la mayoría apuntan hacia la “selección grupal” de la especie y al miedo a lo diferente, aunque tengo entendido que sigue habiendo vacíos por explicar que siguen llenándose con especulaciones de diversa índole. Lo importante es que ambas tendencias, intolerancia y altruismo, están ahí en nuestros genes y debemos lidiar con ellas en una sociedad que sigue minimizando la existencia de una y magnificando la existencia de otra, en un claro ejemplo de “doble-moral” colectiva.


“For what is a man, what has he got? If not himself, then he has naught.
To say the things he truly feels and not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows and did it my way!”

Sin duda alguna prácticamente todo ser humano enfrenta a lo largo de su vida, de una a millones de veces, la dicotomía entre el “ser individual y único” y el “ser colectivo”. El vivir a su modo, o vivir al modo de los cánones sociales. El ajustarse a las reglas o salirse de ellas. De todos es conocido que la edad representa uno de los factores más poderosos para ser “rebelde”, para buscar salirse del “status quo”; Churchill lo resumía diciendo que el que a los 18 años no es comunista es un idiota, y que el que a los 40 años es comunista es un idiota... Pero esa rebeldía suele carecer de fundamento racional, y muchas veces se resume en la simple búsqueda de actitudes o manifestaciones que los distingan de los adultos. Pelo largo, aretes, tatuajes, anarquismo, socialismo, anti-clericalismo, etc. Todo aquello que los haga marcar una línea respecto de los adultos suele ser suficiente para dicho fin, sin importar demasiado el trasfondo, la justificación o la racionalidad detrás de dicha actividad o manifestación.

Sin embargo, no es esta “rebeldía” la que ahora interesa, sino un estilo de vida maduro y bien pensado que se oponga a las normas de la colectividad. Muchos de esos estilos de vida, justificadamente, producirán intolerancia social, por ejemplo, aquél adulto que todos los días organice fiestas con música de altos decibeles que terminen hasta la madrugada, aquél vecino que maneje siempre en exceso de velocidad en calles residenciales o aquél adulto que lance miradas lascivas y piropos a todas sus vecinas, sin importarle su estado civil o edad. Este tipo de intolerancia justificada tampoco es materia de este texto, pues creo que cualquier persona que dañe concreta y objetivamente a la comunidad en la que habita, por supuesto que debe ser reprendido y una de esas formas de reprensión es precisamente el ostracismo social o algo más severo como la intervención de las autoridades.

Finalmente, tenemos la intolerancia hacia las personas que no producen ningún daño objetivo, una intolerancia producto de razones sin justificación real y objetiva, producto de prejuicios de índole hereditaria, supersticiosa y/o religiosa. Este tipo de intolerancia es la que genera una profunda dicotomía en muchísimas personas que viven en la sociedad que no tolera esas diferencias y que tienen que vivir permanentemente “ocultas” o discretas. Sus prácticas, estilos de vida o creencias son consideradas un mal para toda la sociedad, pero no hay ninguna prueba de que esto sea verdad, y como ya lo referí, todo se mantiene en el campo de la especulación y la convicción generalizada sin fundamento. En México, en este grupo podríamos señalar, solo por ejemplificar, entre otros:

-          Homosexuales;
-          Prostitutas;
-          Extranjeros e inmigrantes;
-          Religiosos no-católicos;
-          Ateos y librepensadores;
-          Mujeres;
-          Drogadictos;
-          Polígamos;
-          Adultos mayores;
-          Discapacitados;
-          Empleadas domésticas y trabajadores de la construcción;
-          Indígenas;
-          Pobres y ricos (sí, también hay prejuicios sociales respecto de los ricos);
-          Burócratas;
-          Consumidores de pornografía;
-          Lugar de origen dentro del país (chilangos, michoacanos, sinaloenses, etc.);
-          Aficionados a ciertos equipos de fútbol;
-          Aficionados a la tauromaquia;
-          Etc.
Aunque tomaría muchas hojas analizar individualmente todos y cada uno de los casos, con ejemplos concretos de intolerancia en cada uno de ellos, el común denominador en la mayoría de los casos descritos, es la simple pertenencia a alguno de ellos, no convierte a una persona en un peligro para la sociedad y, sin embargo, suelen ser excluidas y mal vistas en muchos círculos sociales y, más lamentablemente todavía, en los laborales. Muchas de estas personas tienen que vivir “en el clóset” buena parte de su vida (o toda ella), simplemente porque la colectividad no puede tolerar sus diferencias con ellos, a pesar de que objetivamente en nada les afecten sus diferencias. Incluso, el grado de intolerancia injustificada puede ser tal, que hasta sus hijos pueden sufrir en la escuela o “el barrio” de sus nocivas consecuencias: “No le hablen a ese porque es hijo de una chacha (o chilango)…”, por ejemplo, son expresiones que forman parte del “pan de cada día” en prácticamente todas las escuelas del país, tan solo por mencionar un ejemplo.


“¡Ser, o no ser, es la cuestión!— ¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?”

Hasta este punto, no me queda duda de que las premisas de este texto son claras:
-          La intolerancia existe (por muchas razones).
-          Muchas de las razones de la intolerancia son irracionales e injustificadas.

Ahora viene la otra “cara de la moneda”. ¿Cómo vivir en una sociedad intolerante y ser congruente en el intento? ¿Abrirse de frente o vivir de la manera más discreta posible intentando no contrariar a la colectividad y el status quo? Las mujeres representan un caso icónico en esta dicotomía, pues siendo representantes equitativas de la sociedad en la que viven (en México son el 51%), aún así llevan miles de años siendo objeto de intolerancia y discriminación. Desde los registros bíblicos hasta la fecha, siguen siendo consideradas inferiores a los varones en muchísimas sociedades, y a pesar de no ser una minoría, no han podido superar dicha intolerancia muchas veces encabezada por ellas mismas. La antropóloga Hellen Fisher le atribuye a la agricultura y al sedentarismo el origen de la exclusión, y asegura que durante los millones de años previos de evolución, varones y hembras tenían trato igualitario en sus grupos sociales. Como ese, hay muchos estudios, hipótesis y largos debates sobre la existencia o no de razones biológicas para que dicho fenómeno se presente, en lo cual prefiero no ahondar en este momento porque es –hasta cierto punto- irrelevante para el objetivo de este ensayo; lo importante es la existencia del caso, que puede servir tanto para desalentarnos como para alentarnos tomando en cuentas los avances conseguidos en los últimos 100 años, que superan los conseguidos en los anteriores 6,000.

Personalmente uno de los aspectos que más me llaman la atención es conocer a personas que pertenecen a un grupo “excluido” o poco tolerado, las cuales se quejan injustamente de las consecuencias de esta intolerancia en su perjuicio, pero que a su vez son intolerantes. Homosexuales intolerantes de los indígenas; indígenas varones intolerantes de mujeres indígenas; mujeres intolerantes de los ateos;  ateos intolerantes de chilangos; chilangos intolerantes de aficionados a la tauromaquia; etc, etc…

Amén de todas estas incongruencias, el fondo de la cuestión sigue intacto: ¿Se puede vivir con congruencia cuando se piensa diferente?  ¿Puede haber congruencia en el silencio? Yo creo que sí… Yo creo que no gritar “a los cuatro vientos” tus diferencias sociales que pudieran excluirte de la sociedad es válido y congruente, de la misma forma que es válido y congruente ser un arquitecto que diseña una casa en un estilo que no le gusta. Al final del día, somos seres sociales y si decidimos permanecer en esta sociedad, tenemos que ajustarnos a las reglas generales que la rigen, para evitar la exclusión. ¿Que la inclusión es injusta e irracional? Si, en muchos casos es verdad, pero no por ello se puede cambiar a toda una sociedad con un solo grito de protesta. Por supuesto que los activistas son quizás el mejor ejemplo de altruismo, pues dedican buena parte de su tiempo en manifestar su reclamo ante lo que perciben injusto, estén o no dentro del grupo discriminado o no tolerado. Pero considero que no se tiene que ser activista para ser congruente. Pienso que se puede vivir dignamente y viendo de frente a las personas, sin renunciar a tus creencias, pero sin exhibirlas abiertamente. Si se quiere hacer, el resto de la sociedad lo debe de respetar si ésta es progresista, y si no se quiere hacer, también se debe de respetar esa decisión, sin cuestionarse. El instinto de supervivencia es muy poderoso y cuando se perciben situaciones de peligro, como la exclusión y el ostracismo social, es muy difícil que una persona tenga la fuerza y la manera de remar contra esa corriente.
Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el periodo de la conquista del territorio que ocupaban los aztecas y otras tribus del territorio que ahora conocemos como México. Ellos era sumamente devotos de “sus” dioses de la misma manera que los españoles eran sumamente devotos de “sus” dioses (llamados dios padre, dios hijo, dios espíritu santo, virgen maría, y cientos de santos). Cuando los segundos se impusieron bélicamente sobre los primeros, intentaron también imponer a “sus” dioses y los pusieron a construir centros de adoración dedicados a los “nuevos dioses”. Sin embargo, existen muchas versiones que señalan que al menos las primeras generaciones de aztecas que vivieron bajo ese yugo, nunca rezaron al dios traído de España ni a la Virgen María (en su versión guadalupana), sino que siguieron rezando a “su” Tonantzin-Coatlicue (la diosa madre), y que incluso, la Basílica fue construida justo encima de donde estaba el templo de aquella importante diosa azteca, como símbolo de imposición, pero que irónicamente facilitó la hipocresía. Al llegar al altar probablemente le oraban a Tontantzin y le pedían que pusiera fin con su poder divino al asedio. Ellos estaban convencidos de la existencia del Mictlán y de “su” Paraíso, y aunque se arrodillaban ante otra diosa, seguían rezando a la suya esperando al final de su vida obtener por ello su recompensa.  Así las cosas, ¿podemos acusar a estos aztecas de incongruentes? Si decían que no creían en la Virgen, los azotaban y quizás hasta mataban, si decían que sí creían en ella, no les pasaba nada… Sin embargo, podían seguir rezando a quien en ellos realmente creían y al mismo tiempo conservar su vida. Yo creo que no hay incongruencia, porque por mucha fe que uno pueda tener, en la mayoría de los casos se acaba imponiendo el instinto de supervivencia, y éste es muy poderoso. Por ello han existido tantos esclavos en la historia de la humanidad, porque sin libertad y sin instinto de supervivencia, probablemente se suicidarían colectivamente, pero incluso sin libertad, el instinto de supervivencia es muy difícil de reprimir, de eso se encargan los genes que muchos miles de millones de años les ha tomado crear estas maquinas de supervivencias llamadas seres vivos, como para que sea tan fácil para uno de nosotros ignorarlos.


Finalmente, quiero decirles a todos aquellos que ocultan sus diferencias por temor (o respeto) a la sociedad en la que viven, que no se sientan menos valiosos o menos humanos por hacerlo, porque al final de cuentas, nuestra mayor directriz es sobrevivir, y estamos programados para tratar de minimizar las amenazas a nuestras integridad y vida. Quizás sí exista cierta incongruencia si llegamos al Estadio con la camisa del equipo local cuando en realidad apoyamos al visitante, pero mientras sea una incongruencia o una hipocresía necesaria para sobrevivir, es justificable ya que obedece a un fin infinitamente mayor. El engaño que se hace para cuidar nuestra integridad o vida, es equivalente a la “defensa propia” que nos exime de matar a un delincuente que entra a matarnos a nuestra propia casa. Lo que sí creo es que estamos obligados a tratar de poner nuestro “granito de arena” para abatir todo tipo de intolerancia injustificada y para que la razón impere sobre los instintos de los seres humanos que integramos una sociedad, pero no hay que sentirnos mal por muchas veces no poder evitar esconder nuestras diferencias, máxime cuando éstas no hacen daño ni afectan objetivamente a nadie. La intolerancia es un “defecto” humano que tiene una razón evolutiva, la misma razón evolutiva que vuelve locos a los niños ante la presencia de los dulces y caramelos, pero tenemos que aprender a entenderla y a encauzarla (más que a suprimirla), pero ello, es cuestión de mucho trabajo, de mucho “picar piedra”, de muchos “granitos de arena”, como lo trato que sean las presentes palabras.

viernes, 18 de enero de 2013

¿Cuál es el significado de la vida o para qué vivimos?



Es extremadamente probable que nuestra vida sea todo lo que tengamos; que nada de este Mundo nos vayamos a llevar y que nada haya después para nadie. Al igual que el resto de los seres vivos, simplemente somos el producto de millones de años de una desconocida combinación de causalidades y casualidades... De un sistema que se desarrolló muy probablemente sin el auxilio de ningún ente superior, gracias a los factores referidos y que desde entonces ha luchado por sobrevivir. ¿Para qué? Precisamente para sobrevivir, no hay más. Los genes solo buscan sobrevivir y todo indica que lo hacen sin ningún otro fin superior o motivo que la propia supervivencia. ¿Pero por qué quieren sobrevivir? Todo apunta a que no lo saben ellos tampoco y por ende a que no hay respuesta a esa pregunta, a menos que los motive la creencia en un dios-gen que les dará la vida eterna después de ésta si logran perpetuarse o alguna otra razón de naturaleza afín.
Considero que a falta de pruebas irrefutables todo indica que nuestra lucha por sobrevivir es producto de una predisposición contenida en nuestros genes, a quienes lo único que les interesa es su propia supervivencia y que para tal efecto nos utilizan como sus huéspedes, como herramientas para conseguirlo. Gracias a ese egoísmo exacerbado existimos y existe todo lo que tiene vida, pero por extraño que nos parezca, por irracional que suene, por poco poético que sea, lo hacen sin ningún otro propósito que sobrevivir. Esa es su única razón de existir, y quizás precisamente por ello lo hayan logrado con tanto éxito. El hecho de que cueste tanto trabajo creerlo y todavía mucho más entenderlo, no quiere decir que sea falso y hasta el momento todas las pruebas con las que contamos apuntan a esa única dirección. Quizás los genes nunca habían logrado formar a un ser vivo que se cuestionara tanto esta poco novelesca realidad, pero todo indica que es la realidad.
Para poder sobrevivir, durante millones de años fuimos desarrollando un cerebro con una alta capacidad de abstracción que nos permitió competir por los valiosos recursos con especies muchísimo más desarrolladas física y sensorialmente que nosotros. En estos tiempos modernos (de 10,000 años para acá) que hemos logrado que una gran parte de nuestra especie tenga acceso a recursos como las calorías -durante millones de años tan escasos- hemos tenido tiempo suficiente para hacernos tantas preguntas e imaginar tantas realidades, que pareciera por momentos que estamos disparando en contra de nuestros creadores, los genes. Sin embargo, ellos no tienen nada que temer, ya que aquellos humanos que han preferido gozar y disfrutar del instrumento llamado cuerpo, que tuvo que desarrollar recompensas placenteras para que la especie siguiera existiendo -recompensas a las que era difícil acceder y que ahora se pueden obtener en exceso- morirán con sus genes y pronto esa tendencia desaparecerá... Seguirán estando, como ha sucedido siempre, solo aquellos que puedan soportar la realidad sin renunciar a sus instintos. ¿En cuánto tiempo? Quizás en mucho más del que seamos capaz de comprender cabalmente, pero que a nadie le quepa duda: sucederá. De hecho, me sorprenden sobremanera los que se sorprenden que una mosca tenga un ciclo vital de dos a tres semanas. Dicen aterrorizados "¡Que tragedia tan grande vivir solo 20 días!", "¡Que insignificante y patética es una mosca que tan solo vive 20 días!", "¡Que poco tiempo para vivir!" etc. ¿Realmente creen que hay mucha diferencia entre 20 días y 70 años? Si tomamos como referencia la edad de este planeta, una mosca vive en él apenas un suspiro menos de lo que vive en él un humano, y sin embargo, nos sentimos tan especiales y superiores por vivir mucho más que una triste mosca.
Estoy convencido que la vida debe vivirse con pasión y disfrutarse, pero también deben buscarse responsabilidades que le den equilibrio. El cuerpo debe vivir lo más cercano a las condiciones para las cuales está preparado según evolucionó para mantenerse sano... Por ejemplo, el estrés no nos es ajeno, por supuesto que estamos preparados para el estrés, pero no para el estrés pasivo, sentados todo el día y acostados toda la noche. Estamos preparados para un estrés activo, en movimiento, caminando, corriendo, ocultándonos del depredador y acechando a la presa o buscando el fruto entre la vegetación. Aquello que llamamos felicidad no es otra cosa que la obtención de algún recurso necesario para sobrevivir (llámese comer, fornicar, defecar o dormir, por ejemplo). Sin embargo, la realidad es que no estamos preparados para tener tantos satisfactores disponibles de manera tan directa, accesible y sencilla, y ello nos ha afectado profundamente en nuestra salud mental y física.
De hecho, aunque somos una especie grandiosa desde muchos puntos de vista, realmente nuestro gran logro residió en haber encontrado la manera de transmitir con precisión información de una generación a otra. Un ser humano que nace sin tener el privilegio de contar con información acumulada durante miles de años atrás de él, vuelve a ser esa especie vulnerable que tiene que usar al máximo sus capacidades mentales y físicas para poder sobrevivir. Somos un ser vivo destacado sin duda, como lo son muchísimos, pero un ser vivo con muy pocas ventajas competitivas sobre el resto de los seres vivos con los que tendrá que luchar por comer. Si por pura casualidad se hubiera roto hace alrededor de 15,000 años unos cuantos eslabones de la cadena que nos permitió conocer la agricultura, es sumamente probable que no seríamos más de 100 millones de humanos en toda la Tierra y que todavía anduviéramos en taparrabos, como nómadas luchando día a día por sobrevivir.
Otro factor que debemos  conocer y tomar en cuenta permanentemente, es que somos esclavos de la subjetividad y de la perspectiva. Estamos en constante rivalidad con nuestros semejantes que conocemos y, entre más cercanos, mayor es la necesidad biológica y genética de ser superiores (o al menos sentirnos tales). Por más altruistas que seamos, nunca lo seremos tanto como para entregar más poder del que tenemos al ser querido, y no debemos sentirnos culpables por ello, porque así estamos predispuestos; de la misma forma en que no puede sentirse culpable un motor de 10 cilindros cuando ruge al ser encendido: Está en su naturaleza hacerlo. Este "defecto" ha servido a nuestros genes para propagarse y ello nos ha definido a nosotros como humanos: competitivos, aguerridos, ambiciosos. Pero saberlo nos puede servir para canalizarlo, para encauzarlo, para aminorar sus efectos negativos buscando que nos perjudique lo menos posible en nuestro bienestar, en nuestra tranquilidad, en nuestra paz interior... En pocas palabras: en nuestra felicidad. De la misma forma que ahora sabemos perfectamente porque se nos antoja un delicioso postre, también ahora sabemos porque nos duele tanto cuando un ser querido gana más, vacaciona mejor o adquiere una casa o un vehículo mejores que el nuestro, y de la misma forma en que rechazamos el postre, debemos de también aprender a rechazar ese sentimiento de culpa o de estúpidos que nos destruye cuando la envida nos corroe, porque no es culpa nuestra, es culpa de nuestros genes que buscan motivarnos para ser más y (asumen que por ello buscaremos) tener mayor descendencia (en la que ellos por supuesto irán de paquete).
Yo creo que una de las grandes debilidades de nuestra especie es nuestro gran ego, nuestra incapacidad de sabernos altamente limitados y estúpidos... Entendiendo por "estúpidos" el hecho de seguir siendo muy limitados en nuestra capacidad de comprender a fondo la realidad y de vivir sujetos a ciertas normas genéticas que nos pueden hacer muy fácilmente víctimas de la irracionalidad sin que jamás nos demos cuenta de ello.
Creo que cada quien es "libre" de creer lo que quiera (como yo de creer esto). Pero pongo libre entrecomillado, porque somos una especie sumamente predispuesta a creer lo que se nos diga o enseñe... Si nos enseñan a que es bueno comernos a nuestros seres queridos cuando mueren, es sumamente difícil que abandonemos esa creencia. Pero creo que afortunadamente la misma posibilidad de transmitir conocimientos hoy en día nos tiene en una posición de ventaja respecto a generaciones pasadas, en el sentido de que tenemos a nuestra disposición métodos precisos para calcular la posibilidad e incluso la probabilidad de nuestras creencias, las abandonemos o no. Ahora sabemos con mucha precisión cuál es la probabilidad de ganarnos la lotería y sin embargo seguimos jugando, por ejemplo. El que crea que haber nacido en cierta fecha afecta notablemente su destino y personalidad; el que crea que romper un espejo le va a traer mala fortuna; el que crea que un señor de barba blanca sentado en una nube celestial creó todo lo que existe; el que crea que la selección mexicana será la próxima campeona del Mundo en Brasil 2014, etc. está en todo su derecho de creerlo, pero debe de saber que su creencia tiene una determinada probabilidad de ser incorrecta, y yo considero que la apuesta más prudente para vivir la vida es apostarle a lo más probable o, en muchos casos, a lo menos improbable, aunque contradiga toda la carga de creencias a la que fuimos expuestos desde muy jóvenes, incluso desde nuestro nacimiento.
Finalmente, sugiero que nos reconozcamos como lo que somos: seres vivos cuyo único fin en este Mundo es sobrevivir. Valoremos y disfrutemos el hecho de quizás ser los primeros seres vivos en este Planeta que tienen consciencia del Universo en el que viven, ello por sí solo debe ser siempre razón de más para sentirnos orgullosos y agradecidos con la suerte de haber nacido como parte de esta especie. Vivamos una vida digna de ser recordada, pero estemos conscientes que por más que nos recuerden, muy probablemente de ello jamás nos enteraremos. Vivamos con dignidad, orgullosos de nuestros actos, y reconozcamos nuestros errores y defectos sin vivir en un permanente estado de culpabilidad, que de ello se alimentan muchas religiones, vividores, esquizofrénicos y fuerzas políticas en este Planeta.

jueves, 1 de marzo de 2012

Evolución y Derecho Natural - 1ra Parte

El ser humano es producto de, al menos, decenas de millones de años de evolución, aunque podemos reconocer que la línea evolutiva de la cual surgió en “Homo sapiens sapiens” debe tener cerca de 5 millones de años. De hecho, el rango evolutivo actual se alcanzó “apenas” hace 200,000 años, edad de los restos humanos más antiguos que se hayan encontrado.


Para entender el Derecho, debemos entender lo que pasó en esos 5 millones de años desde que las especies de homínidos que nos precedieron tuvieron que descender de los árboles y adaptarse a vivir en tierra firme. En esos 5 millones de años fueron necesarias muchas adaptaciones evolutivas que permitieran sobrevivir, generación tras generación, a esos primero homínidos completamente inadaptados a su nuevo hábitat. Prácticamente todas las características que nos definen actualmente como seres humanos, y de las que nos sentimos tan orgullosos, al grado de no considerarnos animales o, en el peor de los casos, considerarnos como el “único animal racional”, se las debemos a ese periodo de adaptación y evolución de 5 millones de años hasta llegar a ser quienes somos desde hace 200,000 años.

El “Derecho” es producto de la evolución, de la misma manera que lo es nuestro gran cerebro, nuestra capacidad gutural, nuestros órganos sexuales, nuestra capacidad de caminar erguidos, nuestros ojos, nuestro tamaño, etc., etc., etc… Para poder entender el “Derecho”, debemos primero entender su origen, y debemos tener muy claro que el Derecho está y siempre debe estar al servicio del ser humano y nunca viceversa.

Cada rasgo, cada comportamiento, cada detalle de cada ser vivo sobre la faz de la Tierra tiene una explicación. Desde la Teoría de la Selección Natural y hasta la fecha, se han podido explicar decenas de miles de comportamientos y características de los seres vivos que, sin la luz de esa teoría, eran inexplicables, al menos epistemológicamente.

El Derecho, al igual que los complejos diques de los castores, tiene necesariamente una explicación evolutiva: Existe porque es, o al menos fue durante demasiado tiempo, necesario para la supervivencia de nuestra especie y, muy probablemente, de especies que nos precedieron. Es muy probable que Homo Sapiens arcaicos (como el Hombre de Steinheim) y quizás otros antes que ellos, desarrollaran las nociones del Derecho que son la base y el sustento del Derecho actual.

Exactamente de la misma forma que la noción de Derecho, la noción de Moral debe ser producto de la evolución de, por lo menos, esos referidos 5 millones de años. Existen tratados que señalan que la moral no es otra cosa que selección natural: Los homínidos que eran más cooperativos con su grupo social, eran los que tenían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes a la siguiente generación. Repite esta fórmula durante millones de años y obtendrás un “sentido de la cooperación” que ahora se traduce en “moral”. Esa “brújula” que solemos llamar “conciencia” es producto de millones de años de evolución, que fueron inclinando a nuestros antepasados no a “hacer el bien” sino a “cooperar para sobrevivir”, a no “dañar a su prójimo innecesariamente”, a “defenderse en grupo”, etc., etc. Imaginémonos justo en este momento que nos encontramos desnudos con otros 11 humanos, sin herramientas, con una menor inteligencia y debiendo luchar por la comida con leones, tigres y guepardos. ¿Qué hacemos? Supongamos que 2 de ellos (una hembra y un varón) dicen: “Nosotros nos las arreglamos solos” y toman un camino diferente, los otros 10 deciden agruparse y planear alguna manera de sobrevivir, ayudándose unos a otros. ¿Quiénes tendrán más probabilidades de sobrevivir en un medio ambiente completamente hostil?

He ahí una explicación muy lógica para la “moral humana”: Es producto de la evolución, fue necesaria para sobrevivir, y solamente aquellos que, al menos en términos generales, estaban dispuestos a ayudar, a no engañar, a no traicionar, a no matar y de respetar al prójimo hasta donde les fuera posible para tener posibilidades de reproducirse, fueron los que efectivamente lograron transmitir sus genes a la siguiente generación, quienes por consecuencia eran más proclives a tener esta “capacidad de ser buenos”.

Pero no somos “buenos” porque haya sido nuestro gusto serlo, sino porque era necesario desarrollar esa bondad que abarcara más allá de nuestros propios hijos (hacía los cuales no hay animal “malo”), porque somos una especie que evolucionó a base de entender (bajo pena de morir sin reproducirse) que nos necesitábamos los unos a los otros mucho más que otras especies de animales que había evolucionado bajo esquemas más egoístas. No somos únicos, existen especies como las hormigas en que la necesidad de cooperación fue tan grande, que gran parte de su población (hormigas obreras o soldado) nacen estériles y únicamente trabajan para que la llamada “Reina” pueda reproducirse con los “machos alados”. Sin embargo, nadie pudiera definir a las hormigas obreras como “moralmente buenas” ¿o si? Bueno, pues hacerlo con los humanos es exactamente lo mismo. No somos “moralmente buenos”, somos, en todo caso, “evolutivamente buenos”, y nuestra moral o nuestra conciencia, son productos de la evolución, como nuestros ojos.

Evidentemente, así como hay personas ciegas, mudas o sordas, también existen personas insensibles al dolor ajeno, crueles y “malas” per se, sin ninguna otra motivación para ser malas que el hecho de serlo. Pero muchas otras personas que se les ha clasificado como “malas”, en realidad estaban únicamente siguiendo un instinto de preservación. ¿Se le puede llamar “malo” al padre de familia que, al ser su casa atacada por unos asaltantes dispuestos a matar y/o violar a su esposa e hijos decide matarlos? Tal vez sea llamado malo por la esposa e hijos de esos asaltantes, o tal vez sea llamado malo en muchos otros contextos, como si él era negro y los asaltantes blancos, o él era judío y los asaltantes cristianos, etc., etc. Pero en realidad, su instinto de supervivencia se sobrepuso (como en casi cualquier ser vivo) a su instinto de ser cooperativo y bueno con otros de su misma especie.

Lo que llamamos “moral” es un instinto que evolucionó durante millones de años y que nos dice, palabras más palabras menos: “Tienes que ser cooperativo con los demás humanos porque ello es necesario para tu supervivencia, siempre y cuando ello no ponga absurdamente en riesgo tu propia vida y la de tus hijos”.

Así las cosas, y muy probablemente de manera conjunta con el desarrollo de esa noción evolutiva de “ser bueno con el prójimo para poder sobrevivir”, se desarrolló también, generación tras generación, un cerebro mayor a pesar de su gran consumo calórico. Entre las grandes ventajas, o quizás dos de las más grandes necesidades del ser humano que le dieron forma a nuestro cerebro actual se encuentran:

- La capacidad de abstracción.

- La capacidad de una detallada comunicación.

Aunque quizá la segunda sea una especie de la primera, para efectos prácticos diremos que ambas necesidades debieron traer como consecuencia el perfeccionamiento del cerebro hasta llegar a conformarse el que actualmente tenemos. El cerebro no es perfecto y como todo órgano que ha evolucionado producto de la selección natural, el cerebro, a pesar de su gran tamaño se desarrolló para funcionar la mayor parte del tiempo en “automático”, a través de atajos que ahorren la mayor energía posible. Ello tiene consecuencias negativas, sin duda, pero que no superan a las positivas (eso es muy importante en términos evolutivos) y con las cuales hemos aprendido, como especie, a vivir durante, al menos, los últimos 200,000 años. Sin embargo, el hecho de que recientemente hayamos podido conocer con mucho detalle el funcionamiento del cerebro, también nos ha permitido explicar muchos de nuestros prejuicios e irracionalidades constantes que cometemos en nuestra vida diaria. También nos ha permitido comprender por qué, cuando tomamos una decisión la percibimos como de origen etéreo e inmaterial. Retomando el ejemplo del Premio Nobel Daniel Kahneman, aunque es tu mano la que toma el salero, no percibes este evento en términos de una cadena de causalidad física. Lo experimentamos más bien como una acción ocasionada por una decisión que hizo un "tu" ajeno al cuerpo, simplemente porque ese "tu" quería ponerle sal a la comida. El psicólogo Paul Bloom señaló que el cerebro humano está preparado de manera innata para separar las causalidades físicas de las intencionales, de tal manera que "percibimos el mundo de los objetos como esencialmente separado del mundo de las mentes, haciendo para nosotros posible visualizar almas sin cuerpos y cuerpos sin almas.".

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el Derecho? Pues bien, para efecto de poder comprender debidamente el Derecho, debemos comprender primeramente al ser humano y a su cerebro, y para comprenderlos adecuadamente se deben analizar y tratar de entender las causales evolutivas que nos hicieron ser quienes somos, así como el análisis moderno que la ciencia hace del órgano humano sobre el cual se cimientan todas nuestras creaciones, entre ellas desde luego: El Derecho.

Desde este punto de vista, para mí El Derecho debe definirse como: El conjunto de normas adoptadas como obligatorias por un grupo determinado de seres humanos, con el objeto de poder sobrevivir como tal y vivir en la máxima armonía posible entre sus integrantes.

El grupo de seres humanos puede ser de cien, cien millones o siete mil millones, eso no importa, lo importante es que la definición que propongo de Derecho es descriptiva y atiende a lo que siempre ha sido el Derecho, y aunque pudiera correrse el riesgo (por así parecerlo) que también pueda aplicarse a lo que el Derecho debe ser, ello quizá sea demasiado pretencioso.

Quiero aclarar que las normas no deben ser necesariamente escritas y que éstas pueden y deben ser cambiantes y adaptativas. Por ejemplo, lo que ahora conocemos como Derechos Humanos, pueden o no existir en un momento determinado dentro de un “Derecho Positivo”, al menos de manera explícita, pero su noción está implícita dentro de la definición pero solo para los miembros de ese grupo. Si un grupo considera que otro grupo está poniendo en riesgo su subsistencia, no tendrá razones para respetar los “Derechos Humanos” del grupo ajeno, porque dichas personas estarán ajenas a su “Derecho”. Lo que ahora conocemos como “Declaración Universal de Derechos Humanos” no es otra cosa que un conjunto de normas que un grupo, un gran grupo formado por muchos grupos, determinó como normas obligatorias para todos sus integrantes con el objeto de buscar la supervivencia y la armonía de ese gran “Grupo de grupos”, pero no es absolutamente nada más que eso. Su supuesta “universalidad” es falsa, ya que en 50 o 500 años pudieran plasmarse nuevos o cambiarse los existentes y se les seguiría llamando “universales”.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

jueves, 1 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre el Cerebro y el Alma



Antes de comenzar me gustaría aclarar que en este ensayo, a pesar de que se tratará el tema de el alma, no pretendo entrar en debates y argumentos de tipo teológicos y, quizás ni siquiera, filosóficos; únicamente pretendo presentar algunas reflexiones muy sencillas, principalmente biológicas y lógicas, que he meditado sobre la materia.

El alma se ha definido tradicionalmente como una especie de sustancia espiritual, invisible, etérea e inmortal en la que reside toda nuestra esencia como personas, como seres únicos e irrepetibles. Durante miles y miles de años el ser humano ha creído en la existencia del alma, y esa creencia ha dado origen y fundamento a prácticamente todas las grandes religiones, creencias y prácticas sobrenaturales del Planeta, desde el cristianismo, el islam, el judaísmo y -en parte- el hinduismo hasta las antiguas religiones ahora en desuso. Es la creencia en el alma lo que fundamenta ideas como “la vida eterna”, “el infierno” y “la resurrección”, por ejemplo. Luego entonces, hablar del alma no es tema menor y, por el contrario, quizás sea uno de los temas más importantes que analizar que se la hayan presentado al ser humano en toda su historia.

Por otro lado, desde el punto de vista biológico, el ser humano ha logrado consolidarse como la especie dominante sobre el planeta Tierra debido a su gran cerebro, cuya capacidad de percibir la realidad, razonar, cuestionar, dudar, analizar, expresarse y almacenar gran cantidad de información nos ha permitido gradualmente desarrollar y transmitir conocimientos, experiencias e inventos, que de manera exponencial se han ido acumulando en nuestra historia hasta permitirnos llegar al punto tecnológico en que nos encontramos.

Sin embargo, alma y cerebro parecen concebirse tradicionalmente como órganos o partes del humano independientes una de la otra, como el corazón y el cerebro, por ejemplo. Así, este ensayo se generó producto de haberme planteado las siguientes preguntas:
-       
- ¿Existe el alma?
- De existir el alma, ¿cuál será su composición y forma?
 De existir el alma, ¿estará formada por átomos como absolutamente todas las cosas que actualmente conocemos?
- De existir el alma, ¿cuál sería la relación entre el cerebro y el alma? y ¿cómo se dará dicha interacción?
- ¿Qué funciones le corresponderán a cada uno?
- ¿Cuál es el papel que juega cada uno en nuestra vida?

El problema de hablar de “el alma” es que se debe entrar demasiado en el campo de la especulación y –necesariamente- de las creencias personales. Si yo digo estar convencido que el alma es eterna y alguien más me asegura estar convencido que no es eterna, ¿bajo qué criterios se debe desarrollar el debate?, ¿cómo podemos sustentar o comprobar nuestras afirmaciones o convicciones? Cuando mucho nos podremos sustentar en las creencias y reflexiones de otra persona (e.g. Tomás de Aquino), pero –al menos hasta el día de hoy- nunca sobre pruebas tangibles[1] que sustenten nuestro dicho, creencia o postura. En pocas palabras, se vuelve un ejercicio, al menos desde el punto de vista de la lógica y la razón, mucho más ocioso que provechoso.

En contraparte, sobre el cerebro sí se puede hablar y debatir con pruebas tangibles, ya que a pesar de que el cerebro es un órgano sumamente complejo (el más complejo del cuerpo humano) y que ha sido estudiado hasta el cansancio por millones de personas, cada día se sabe con mucha mayor precisión cómo funciona, incluso a pesar de los enigmas que aún nos guarda. En ese sentido, el fundamento de este ensayo será aquello que sí sabemos a ciencia cierta sobre el cerebro. Por ejemplo, hoy en día es muy fácil demostrar cómo funciona el cerebro, y si yo les preguntara en este momento, ¿De acuerdo a La Biblia, dígame cuántos animales de cada especie ingresó Moisés en el Arca antes del diluvio?, seguramente me contestarán que dos, lo cual es absolutamente falso. Su cerebro lo engañó porque es un ejercicio muy sencillo que tiene como objetivo que su parte inconsciente (sistema uno), engañe a su parte racional (sistema dos).

Pero antes de seguir adelante hablando sobre nuestro cerebro, soy consciente que el primer gran debate que se presenta al hablar sobre el origen del cerebro, es el mismo que al hablar del origen del Planeta Tierra y de todo lo que hay en él, incluido el ser humano, y básicamente se limita a una de dos cosas: o es producto de la evolución o es producto del diseño de alguien superior a nosotros, tentativamente llamado Dios.[2] Analizar los argumentos a favor y en contra de ambos posibles orígenes es de sumo interesante (e importante), pero por el momento no será objeto del presente ensayo. En ese sentido, para no desviar la atención a otro debate diverso, trataré de evitar en la medida de lo posible referir las causas científicas por las cuales se explica por qué el cerebro es lo que es y funciona como funciona.

Así las cosas, lo que sí pretendo sea fundamento de este trabajo, son los hechos duros, son aquellas cosas que hemos llegado a conocer del cerebro humano y a través de las cuales se pueden afirmar muchas cosas con absoluta certeza, como por ejemplo:

1.    El cerebro es una "máquina" sumamente compleja, dividida en cuatro partes (frontal, parietal, occipital y temporal).
2.    En el cerebro funcionan de manera simultánea dos "sistemas", uno de manera inconsciente y otro de manera consciente. Cada uno tiene funciones muy específicas que permiten mucho ahorro de tiempo y energía.
3.    Nuestras células cerebrales, las moléculas del cerebro, los neurotransmisores, las neuronas, las dendritas y las sinapsis son casi idénticos en los cerebros de todos los animales, por lo que los cerebros de los insectos, peces, reptiles, aves y mamíferos están todos hechos con los mismos “bloques de construcción” que el cerebro humano.
4.    El cerebro de un varón y una mujer funcionan ligeramente diferente.
5.    En el cerebro se almacena un gran cantidad de información (nuestra memoria) y se realizan todos los procesos cognitivos, racionales, conscientes y subconscientes necesarios para el debido funcionamiento de nuestras habilidades, nuestros sentidos y, desde luego, de nuestros órganos.
6.    No es posible concebir la vida humana sin cerebro.
7.    No existe hoy en día la posibilidad de un trasplante de cerebro.
8.    En base a las partes en que se divide el cerebro y sus funciones, un neurocirujano moderno puede identificar con precisión áreas afectadas del cerebro y sus consecuencias en la vida de una persona, desde físicas y psicomotrices hasta puramente psicológicas, e incluso, llegar de repararlas.

Hasta este punto es importante que usted lector relea los 8 hechos duros planteados y determine si se está de acuerdo con ellos o no y por qué. Si no se está de acuerdo en ellos, a pesar de ser hechos tangibles, no vale la pena que siga leyendo, sino que debemos primeramente investigar más y debatir sobre ellos y demostrarse a un servidor, y a todo el mundo de la medicina y de la ciencia de paso, nuestra equivocación.

Por otra parte, si usted coincide en que efectivamente son hechos y, por ende, irrebatibles, vamos a seguir adelante replanteando una importante pregunta.

¿Qué funciones tiene, o tradicionalmente se cree, que tiene el alma?
Una de las más grandes autoridades en la materia, Tomás de Aquino, en su obra denominada "Cuestiones disputadas sobre el alma", plantea al inicio de su obra veintiún cuestiones que analiza una por una en igual número de capítulos. Se necesitaría un libro completo para analizar y refutar cada una de ellas (quizá algún día lo haga con toda seriedad), pero a grosso modo nos señala que "el alma tiene cierta dependencia del cuerpo, en la medida en que sin el cuerpo el alma no alcanza a ser complemento de su especie. Sin embargo, no depende del cuerpo en la medida en que puede existir sin el cuerpo."... "...por lo mismo que la carne desea lo contrario al espíritu, se muestra la afinidad del alma con respecto al cuerpo. Pues se dice que el espíritu es la parte superior del alma, por la que el hombre se eleva por encima de otros animales (...) En cambio, se dice que la carne desea, porque las partes del alma sujetas a la carne desean aquello que deleita a ésta: y algunas veces se oponen al deseo del espíritu.". Como vemos, Tomás de Aquino va más allá e incluso nos dice que el alma tiene partes, y una de ella es el espíritu con sus propias funciones.

Empero, simplifiquemos las cosas abriendo nuestro abanico teológico y creo que si buscamos un factor común en la gran mayoría de las creencias religiosas, la función principal del alma podría resumirse en una cosa: la trascendencia. Esta es quizás la más arraigada de todas las funciones que la mayoría de la gente le atribuye al alma, y consiste en pensar (con el cerebro) que el alma nos hace o hará vivir eternamente –o al menos mucho más tiempo del que dura la vida terrenal-, sin importar si nuestro cuerpo ha muerto. Incluso, esta misma función hace creer a muchos en la posibilidad de la reencarnación, la resurrección y/ o la vida eterna.

Sin embargo, nada de ello parece posible sin cerebro, porque para trascender como seres únicos e irrepetibles necesitamos forzosamente nuestro cerebro. Lo explico con un ejemplo: Todo nuestro cuerpo pudiera morir o destruirse, pero si de alguna forma pudiera salvarse intacto el cerebro y hacerse funcionar en otro cuerpo, seguiríamos siendo –técnicamente- “nosotros”. Por el contrario, si se destruye o muere nuestro cerebro, y el resto de nuestro cuerpo sigue intacto, incluso si pudiéramos hacer funcionar ese cuerpo con otro cerebro, creo que todos coincidimos en que ya no seríamos "nosotros". Una persona que dona sus órganos, no se convierte por ello en el recipiente, pero ¿qué pensaríamos si a un ser querido que pierde su cerebro se le implantara el cerebro de otra persona que murió dejándolo intacto? ¿Seguiría siendo nuestro ser querido?

Por otra parte, para poder pensar que el alma cumple esa gran función de hacernos trascender la muerte, se debe creer también –necesariamente- que el alma tiene, cuando menos, las mismas funciones que el cerebro. Pues para creer que con el alma se quedan (una vez muertos) nuestra razón, capacidad de pensar, memorias y recuerdos (es decir, todo lo que nos define como únicos, con excepción de nuestro cuerpo), entonces es necesario creer también que el alma, además de sus propiedades tiene también todas las del cerebro, pues de otra forma no sería en ningún caso factible ni sustentable la creencia en el alma.

Cuando se cree en el alma, por ejemplo, se suele creer que un fantasma o espíritu (manifestación física del alma de una persona cuyo cuerpo y cerebro han muerto) puede venir y dialogar o interactuar de alguna forma con aquellos que tienen cuerpo (y cerebro) vivos. Sin embargo, ¿cómo se puede dar esa interacción si no se tiene cerebro?, ¿qué no estábamos todos de acuerdo en que el cerebro controla los sentidos y la razón?, ¿qué no coincidíamos todos en el hecho de que la información que acumulamos –memoria y/o recuerdos- está almacenada en zonas específicas del cerebro? (Ver el apartado de “hechos”)

En ese sentido, vale la pena preguntarse ¿hay suficientes elementos para suponer que la creencia en el alma puede ser producto del cerebro?, o si por el contrario ¿las funciones que actualmente le atribuimos al cerebro en realidad son ejercidas por nuestra alma? El "problema" es que existen estudios que demuestran cómo se activan las partes del cerebro según la actividad que realicemos y además, se ha comprobado que por "economía" el cerebro nos hace "creer" que la experiencia de las decisiones tomadas con nuestro "libre albedrio" se encuentra separada de una causalidad física. Retomando el ejemplo del Premio Nobel Daniel Kahneman, aunque es tu mano la que toma el salero, no percibes este evento en términos de una cadena de causalidad física. Lo experimentamos más bien como una acción ocasionada por una decisión que hizo un "tu" ajeno al cuerpo, simplemente porque ese "tu" quería ponerle sal a la comida. El psicólogo Paul Bloom señaló que el cerebro humano está  preparado de manera innata para separar las causalidades físicas de las intencionales, de tal manera que "percibimos el mundo de los objetos como esencialmente separado del mundo de las mentes, haciendo para nosotros posible visualizar almas sin cuerpos y cuerpos sin almas.".

Así las cosas, es inevitable cuestionarnos: sin la existencia de un cerebro ¿cómo puede el alma de una persona, razonar, pensar, recordar, manifestarse, interactuar e incluso dialogar sin tener cerebro? La única explicación que encuentro sería que el alma tuviera cerebro o que el alma pudiera realizar en sí todas las funciones del cerebro, además del resto de las funciones que se le suelen atribuir. 

El problema de fondo es que si aceptamos esa única explicación (no se me ocurre ninguna otra razonable), entonces sería imposible evitar hacernos la siguiente pregunta ¿para qué existe el cerebro? Si el alma tiene cerebro o es un cerebro en sí, que nos permite almacenar información, utilizar los sentidos, pensar y razonar, el cerebro no tendría prácticamente ninguna razón de ser o existir.

Si efectivamente es verdad que carecemos de la capacidad biológica y de la tecnología para “detectar” o “percibir” el alma de las personas, aún así siguen vigentes las preguntas lógicas: ¿para qué el cerebro?, ¿por qué el cerebro hace lo que hace si el alma también lo puede hacer?, ¿por qué podemos alterar con mucha precisión, a través de medicamentos, drogas y/o cirugías las funciones cerebrales –casi- a placer y no entra en acción el alma como una especie de "respaldo" anti corruptivo de la conciencia?

Se me ocurre que lo lógico sería, en todo caso, que en nuestra cabeza hubiera una cavidad –aparentemente- vacía, y en ella residiría el alma (no formada por átomos ni nada que conozcamos) simplemente invisible a nuestros ojos y ciencia, haciendo todas las funciones que le atribuimos al cerebro, de tal forma que una vez muerto nuestro cuerpo, dicha alma saliera volando o flotando, permitiéndonos la experiencia de ver nuestro cuerpo recostado en la cama, sala de cirugías o accidente en el cual hayamos muerto y todo lo demás. Pero no, desafortunadamente para los que creen en el alma, existe el cerebro, y es precisamente el cerebro, una de las pruebas más grandes –desde el punto de vista netamente lógico y racional- de que no es factible que exista el alma.

Creer a pesar de ello en la factibilidad del alma, además, nos llevaría necesariamente a hacernos preguntas mucho más complicadas, por ejemplo, una persona que tiene una copia extra de su cromosoma 21, genera en ese individuo una afectación conocida como Síndrome de Down. Esa afectación netamente física no debiera afectar el alma, ¿o si? Si el alma queda intacta, entonces una vez muerta dicha persona, ¿su alma permanecerá con las mismas discapacidades cognitivas propias de su afectación por toda la eternidad?, o incluso ¿nos atreveríamos a asegurar que esa persona carece de alma? Desde el punto de vista médico y genético la explicación es muy clara, pero desde el punto de vista del alma ¿cómo explicar que la suerte del alma esté tan directamente atada a un microscópico cromosoma? Otra interesante pregunta es ¿cuándo se desarrolla el alma en el cuerpo?, ¿Al mismo tiempo que el cerebro o antes o después?, ¿Qué pasa con el alma de un feto cuando muere antes de nacer o de un bebé que muere apenas ha nacido? Claro que siempre podemos contestar que todo ello está fuera de nuestro limitado entendimiento humano y que no debemos -ni siquiera intentar- responderlo, pero me parece desafortunado pensar así, porque para mi la razón se usa o no se usa, y punto. No creo que deba usarse para unas cosas si y para otras no. Efectivamente podremos nunca encontrar una respuesta tangible y demostrable pero, al menos, tendremos la satisfacción de haberla buscado con el mayor rigor científico y razonable posible. 

Un ejemplo final: Una computadora moderna funciona –con todas las proporciones guardadas- de forma similar a un cerebro. Para su funcionamiento está dividida –al igual que el cerebro- en partes con actividades muy específicas, como un procesador, la memoria RAM y su Disco Duro, además del software que la hace realmente útil. Sin embargo, qué pensaríamos si alguien nos dijera que además de todo lo anterior, nuestra computadora tiene integrado un respaldo invisible que la puede hacer seguir funcionando si es destruida totalmente, solo bastaría encontrarle “otro recipiente” (o resucitar el destruido). Lo lógico sería pensar que es una locura, ¿no es así? Y no digo que sea locura por imposible, por lo que suele creerse para Dios no hay imposibles y, por otro lado, la ciencia ha logrado superar muchísimas cosas que en una determinada época se concibieron como imposibles. Así que no sería locura pensar que la ciencia pudiera crear una computadora que funcionara con componentes virtualmente invisibles equivalentes a un “alma”, lo que sí me parece una locura es que una vez desarrollada dicha tecnología, se siguieran utilizando además (y de manera simultánea) los (para ese entonces) anacrónicos componentes físicos y tangibles que actualmente se utilizan para que funcione una computadora. En otras palabras, si Dios nos hizo con un alma inmortal capaz de pensar, razonar, percibir y retener información, ¿para qué ponernos un órgano mortal (y muy inferior) como el cerebro y que además repite prácticamente todas las funciones de aquélla?

Si hacemos un análisis lógico de la situación y si además consideramos factible la teoría de la evolución, está más que claro que ello sería un absurdo, ya que la selección natural elimina gradualmente todo órgano o práctica inútil, y no tendría ninguna razón de ser la existencia de dos órganos (visibles o no) que hicieran exactamente las mismas funciones, sobre todo tratándose del órgano más sofisticado que se conoce (y que más recursos nos demanda) como es el cerebro humano. Desde el punto de vista creacionista, ¿para qué diseñar a todos los animales con cerebros que funcionan bajo los mismos principios y formados con los mismos materiales, y al ser humano ponerle, además, un alma que duplica todas las funciones del cerebro? Sencillamente no suena ni factible ni tampoco el producto de un diseño muy inteligente.


[1] El hecho que existan personas que aseguren haberse visto recostados en la sala de cirugías y luego ver un túnel oscuro y una luz blanca al final, no me parece una prueba tangible de que exista el alma, porque también es bastante probable que lo hayan soñado o imaginado, por ejemplo.
[2] “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.” Gn, 1:27)

Verdades Plurinominales

Existe en México una fuerte campaña comandada por un reconocido periodista para desaparecer a los "Pluris" en alusión a los legisladores de carácter plurinominal o de representación proporcional. Sin embargo, estoy seguro que pocos de los que exigen su desaparición entienden realmente los efectos de la misma, y también estoy seguro que si se atendiera a su petición de eliminarlos, al siguiente año empezarían a pedir la reducción para que solo hubiera la mitad de distritos, y así hasta llegar al absurdo de exigir solo haya uno o dos diputados por entidad federativa y ningún senador. En ese sentido, quisiera retomar el tema para dar mi punto de vista tratando de liberarlo, lo más posible, de prejuicios personales contra ciertos legisladores en concreto.

Primeramente debo señalar que en las democracias modernas existen 3 tipos principales de sistemas electorales para la elección de los representantes populares, a saber:
  1. El “principio de mayoría”, de origen inglés, que consiste en asignar cada uno de los escaños a repartir entre los candidatos que hayan obtenido la mayor cantidad de votos en cada una de las divisiones territoriales previamente establecidas (distritos electorales).  Dentro de este sistema hay varios sub-sistemas o modalidades, como la uninominal o la plurinominal; de mayoría absoluta, relativa o calificada; y de una o dos vueltas.
  2. El “principio de representación proporcional”, de origen danés, que consiste en asignar un porcentaje de escaños a cada partido político de manera proporcional con el porcentaje de votos obtenidos en la elección. Existen varias modalidades, como la pura o la aproximada; la del “voto único transferible”, la del “voto transferible por acumulación”, la del “resto más elevado”, la de la “media más elevada”, el sistema de Hondt, el sistema de Saint-Lague y el sistema de Hagenbach-Bischot.
  3. El “sistema mixto”, que es aquel en el cual se aplican ambos principios, el de mayoría y el de representación proporcional, en mayor o menor medida, en distintas formas, bajo diferentes fórmulas y proporciones. Con el sistema mixto funcionan actualmente la mayoría de las democracias modernas, incluida la mexicana.
Concretamente en México, desde hace muchos años, se cuestiona en el debate público la utilidad de “los diputados plurinominales”, introducidos en la Reforma Política de 1977 en nuestro país. Sin embargo, creo que el debate se encuentra viciado de origen, porque está centrado principalmente en la animadversión colectiva a estos legisladores y a los partidos políticos. Consecuentemente, considero que el sistema político de “representación proporcional” y su producto, los diputados plurinominales, se han convertido en el “chivo expiatorio” de un malestar social en contra de la mala imagen de los legisladores en lo general, y de los electos bajo este principio, en lo particular.

Sin embargo, sacrificar a este “chivo” sin profundizar en su estudio, puede llegar a ser peligroso para nuestra democracia, que si bien parece haber ya madurado un poco, considero que todavía no puede valerse por sí misma sin contrapesos importantes, como lo es el sistema de “representación proporcional”.

Antes de seguir quiero aclarar que coincido plenamente en tres razones o argumentos con aquellas personas que quieren ver desaparecidos a los diputados plurinominales:
  1. Coincido que el sistema de representación proporcional actual, basado en listas cerradas por circunscripciones enormes (de hasta 9 estados) hacen que, efectivamente, los diputados plurinominales no acaben representando directamente a nadie (al menos no un sector concreto de el pueblo).
  2. Coincido que la gente debiera tener mayor control sobre las personas que ocuparán escaños en el Poder Legislativo y que el sistema actual permite que casi la mitad de la Cámara de Diputados esté fuera de ese control. (Por ejemplo, algún partido político pudiera incluir a un personaje sumamente impopular en el primer lugar de su lista, y su nombre no aparecería en ninguna boleta electoral, pero tendría su lugar asegurado como “representante popular”).
  3. Coincido que los partidos políticos tienen demasiado poder en nuestra democracia, y el sistema actual de representación proporcional contenido en la Constitución (entre otras cosas) sirve para controlar a los legisladores y para fortalecer a los partidos frente a los ciudadanos y frente a los otros poderes del Estado.
Sin embargo, no creo que por ello se deba abandonar absolutamente el sistema de representación proporcional, porque ello, lejos de devolverle mayor poder al pueblo pudiera regresarle todo el poder a un solo partido político, lo cual me parece negativo sin importar cuál sea el partido.

Uno de los principales argumentos que he escuchado para eliminar a los diputados plurinominales es que “la gente no votó por ellos”, y ciertamente no se votaron de manera directa, pero la gente sí votó por posturas ideológicas y por partidos políticos que considero deben de estar representados en el Poder Legislativo bajo una proporción cercana a la de la votación. Lo contrario generaría, desde mi punto de vista, escenarios muy perniciosos para nuestro sistema democrático.

Dicen que para muestra basta un botón, así que propongo un ejemplo real para entender lo importante que es la representación proporcional, el de la elección local del año 2006 en el Estado de Jalisco, que se encuentra dividido en 20 distritos electorales.
En cifras aproximadas el PAN obtuvo en todo el Estado alrededor de 1,250,000 votos, el PRI obtuvo 950,000 votos, el PRD/PT 295,000 votos y el PV 100,000 votos. Esto traducido en porcentajes equivale a PAN (45%), PRI (34%), PRD (10%) y PV (3.5%). Hasta aquí parece una elección pareja, en la que si bien el PAN ganó, no lo hizo por mayoría absoluta y además, entre los tres partidos que le siguieron lo superaron en cantidad de votos recibidos.

Sin embargo, el PAN se impuso, por márgenes no muy altos claro, pero al fin de cuentas se impuso en 19 de los 20 distritos electorales. Sin la existencia de la representación proporcional esto hubiera significado que en el Congreso de Jalisco, y con un gobernador del PAN, hubiera habido 19 diputados del PAN y 1 diputado del PRI. En un sistema de mayoría relativa puro, ello significa que haber obtenido el 45% de la votación le hubiera alcanzado al PAN para obtener el 95% de la representación popular y tener completo y absoluto poder sobre todas las decisiones y reformas, incluyendo desde luego aquellas en que la Constitución exige mayoría calificada, para mayor legitimidad política.

Pero al ser Jalisco un sistema exactamente mixto, en donde la mitad de los diputados se eligen por mayoría relativa y la otra mitad son plurinominales, la composición final del Congreso del Estado para la LVIII Legislatura fue con 20 diputados del PAN, y 20 diputados de todos los demás partidos políticos. Es decir, ni siquiera alcanzó el PAN la mayoría en ese Congreso, ya que al haber obtenido el 45% de los votos, tuvo una representación del 50% de los diputados. ¿Acaso no es así mucho más justo?

Así las cosas, creo que la solución real está en eliminar las listas cerradas o abiertas, y optar por un sistema de representación proporcional que defina a los legisladores plurinominales única y exclusivamente mediante el sistema conocido como “repechaje”. Esto quiere decir, que una vez que se determinen cuantos escaños corresponden a cada partido producto de este sistema, los legisladores sean asignados con el criterio de “mejores perdedores” en orden rigurosamente consecutivo y proporcional al porcentaje de votación con el cual perdieron su distrito.

De esa manera, aunque no se garantizaría de manera directa una “representación pura” en la Cámara correspondiente, al menos SÍ se garantizaría que todos los diputados que integran el Poder Legislativo hayan sido efectivamente votados en las urnas, y evitaría que un solo partido pudiera tener una sobre-representación que no corresponde ni siquiera de manera cercana con los porcentajes de votación.

Además también tendría otras ventajas:
-          Garantizaría que los partidos políticos no tuvieran oportunidad de “colar” mediante listas a candidatos indeseables para la ciudadanía,
-          Les quitaría a los partidos una parte de su gran poder.
-          Les quitaría a los partidos la oportunidad de ofrecer, al menos de manera tan sencilla, espacios como pago de favores a grupos de poder (sindicatos, televisoras, gremios, etc.)

En pocas palabras, garantizaría que TODOS y cada uno de los 500 diputados hayan sido votados de manera personal y directa en las urnas, mediante una moderadamente justa composición porcentual del Poder Legislativo.

Desgraciadamente, el sistema de “repechaje”, como perjudica el poder de los partidos y sus dirigencias, se ha ido eliminando incluso de estados como Jalisco en que tradicionalmente el 50% de los diputados plurinominales entraban mediante esta fórmula y la otra mitad por listas. Ahora cerca del 75% entra por listas y solamente el 25% por el sistema de “repechaje” o “mejores perdedores”, y seguramente los partidos pronto obligarán a los diputados a que lo desaparezcan totalmente.

Finalmente, creo que tanto en el tema de los plurinominales como en muchos otros temas políticos, a la sociedad en general le falta mucha información técnica y más objetiva sobre los mismos. Creo que existe mucho desconocimiento y se suele juzgar como verdadero lo que la mayoría opina, o lo que un líder de opinión exige. El "espíritu de linchamiento" suele ser tan grande en contra de los políticos (y muchas veces con justificada razón) que se abanderan propuestas que en el fondo pudieran ser más peligrosas que aquello que buscan cambiar, y que vuelven a sentar las bases para regímenes autoritarios o antidemocráticos. Estoy convencido que hace falta más educación democrática en la ciudadanía, más acercamiento de las autoridades electorales a los ciudadanos, más y mejores campañas que detecten este tipo de campañas y puedan defender la democracia a tiempo, impidiendo la desinformación y el linchamiento con fines nobles pero anti-democráticos.