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martes, 17 de diciembre de 2013

La fe, los milagros y la razón


—Porque ustedes tienen poca fe. Les
aseguro que, si tuvieran la fe del tamaño de
una semilla de mostaza, dirían a aquel
monte que se trasladara allá, y se trasladaría.
Y nada sería imposible para ustedes.
Mateo 17, 20
En primer lugar quiero hacer la aclaración de que, en este ejercicio, me referiré de manera recurrente a los católicos, porque me criaron como uno y porque son los creyentes con los que tengo contacto más directo y de los que extraigo prácticamente todos mis ejemplos, aunque estoy cierto de que se podrán identificar en mis palabras a los creyentes de todas las religiones.
¿Qué es la fe? Ni siquiera los creyentes se ponen de acuerdo, y mucho se ha debatido sobre su significado y alcances. Sin embargo, la definición más aceptada es aquella que parte de la definición bíblica que señala que “La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.” (Hebreos 11,1): Si la fe es algo así como “creer sin pruebas” o “la prueba misma de lo que no se ve”, y los milagros, por su parte, son “pruebas de la existencia de Dios (que no se ve)”, entonces: ¿qué hacen los creyentes buscando o queriendo ver milagros en cada acontecimiento inusual?
Conozco un gran número de católicos que en todo lo improbable favorable ven un milagro, y en todo lo improbable desfavorable ven la “obra del demonio” o una “prueba de dios”. Por ejemplo: si se murió su hijo de cáncer, luego, es una “prueba de dios” que mandó a los padres (o en su defecto, “dios da y dios quita por razones misteriosas”). Por el contrario, si se salva su hijo de cáncer, es un “milagro de dios” gracias a la “intermediación de Juan Pablo II”. Muchas veces he escuchado a creyentes decirme: “¿ya supiste que se salvó “fulano” de morir de cáncer después de que lo visitó la Virgen de Zapopan?... ¿Aún así dudas de la existencia de Dios?”. Hasta aquí, todo pudiera ser bastante noble de parte de ellos, pero no excluye el hecho de que es también bastante ilógico.
Si los católicos están obligados a tener fe, ¿por qué tienen la inclinación o la tentación de buscar milagros que respalden sus creencias?, ¿por qué cuando se encuentran con un agnóstico o ateo casi siempre defienden “su fe” con pruebas de la existencia de dios a través de los milagros? Si hubiera pruebas de la existencia de Dios, de entrada no sería necesario que la palabra “fe” se usara casi 300 veces en la Biblia, y es más, ni siquiera habría nada que debatir, de la misma forma que ya nadie debate que la Tierra es casi redonda. Me parece que el único punto de que exista el concepto “fe en dios”, es precisamente ese: No existen pruebas sólidas de que Dios existe. El hecho de que existan tantos santos y que existan procedimientos de canonización basados en “milagros verificables”, es una absoluta sinrazón en la que han caído tanto los creyentes como la Iglesia, ésta última –asumo- para poder retener creyentes a los que no les basta la fe para seguir creyendo en dios o para poder creer en él.
En virtud de lo anterior, mi hipótesis es la siguiente: La gran mayoría de los creyentes necesitan pruebas para creer en dios, porque les guste o no, tienen cerebro, y el cerebro necesita estar tranquilo con algo razonable que sustente dicha creencia. Hace miles de años, cuando se escribió la Biblia por seres humanos (incluso si aseguraron haber platicado directamente con dios), no había ninguna evidencia de que la lluvia o la sequía no fuera producto de la voluntad de un ser invisible que vivía en el cielo (porque eso creían literalmente, que estaba en el cielo). Ahora que existen evidencias de que mucho de lo que está escrito en la Biblia es falso (y/o no verificable), se han generado dos vertientes paralelas para un mismo fin: la primera, apostarle a la “no literalidad” de lo escrito, sino al significado que “dios quiso” transmitir con historias como todo lo contenido en el Génesis. La segunda, apostarle a la búsqueda de pruebas documentadas de situaciones altamente improbables, y luego ponerles el apellido de milagros y atribuírselos al mismo ser invisible que vive en el cielo (aunque quizás ahora ya no se lo crean tan literalmente como antes).
Me parece ilógico (por contradictorio) tener fe y buscar pruebas al mismo tiempo. Si la fe fuera verdadera, no necesitaría sustentarse en milagros, es más, no se creería en los milagros como pruebas de dios. Si la fe fuera genuina, ante la presencia de un milagro, se debería de decir “no creo en los milagros, porque dios nos pidió que creyéramos en él sin ninguna prueba, y creer que dios hizo el milagro para probarnos su existencia, es negar la propia esencia de la fe.”. Pero no, la gran mayoría van en busca de milagros en todos lados, desde la bella puesta de sol y el aleteo de un colibrí, hasta todas las personas que sanan de manera improbable o inexplicable para la medicina. Además de ello, muchas veces los usan como “argumentos razonables” para justificar su “fe” en dios, y para compeler a los demás a que también la tengan. A los que les responden que no se cree que la puesta de sol sea una prueba de la existencia de dios, les llaman ciegos y les pregunta “¿qué más pruebas quieres?”. “Una verificable” desde luego sería una respuesta válida, pero inútil en ese hipotético debate, porque te dirán “puedes voltear para allá y verificar que el sol se está poniendo y que ello es majestuoso, ¿algo más?”
Además, considero que decir que se tiene fe y simultáneamente creer que dios efectivamente hace o manda hacer milagros, es también lo mismo que creer que dios es idiota o al menos incongruente. Pongámonos en los zapatos (o sandalias) de dios: escribimos (o inspiramos) un libro en el cual utilizamos casi 300 veces la palabra “fe” en todos los contextos posibles aunque básicamente con un único significado: Creer sin ver y sin cuestionar. Eso les exigimos a todos aquellos que quieran ser nuestros fieles: que crean en nosotros sin ninguna prueba de nuestra existencia. Hasta aquí, y más allá de lo cuestionable de una petición de esa naturaleza, creo que es bastante claro lo que esperamos de aquellos que quieran llamarse nuestros hijos o siervos (ambas acepciones bíblicas aceptadas). Pero por otro lado, para no perder “el negocio”, decidimos darles “probaditas” de nuestra existencia cada que podemos, y con parámetros (según ellos objetivos) como la cantidad de veces que nos recen o que vayan a nuestros “centros de adoración” (e.g. templos). Obviamente un creyente con una fe genuina, jamás se molestaría en rezar para pedirnos algo, pues eso sería una prueba de que en realidad no tiene fe en que somos un dios infalible, ya que sus rezos solo nos demostrarían dos cosas: que quieren una prueba de nuestra existencia y que no confían en nuestro “plan perfecto”. Entonces, “hacer milagros” sería equivalente a premiar a los menos fervorosos, premiar a los más desobedientes de todos los que se llaman nuestros siervos. Por otro lado, hacer milagros a los que no rezan para pedirnos cosas (solo para alabarnos), sería innecesario pues evidentemente no los necesitan para creer en nosotros, ya que al no pedir absolutamente ninguna prueba, ya están dando muestra plena de su fe. Ayudarlos sin que nos lo pidan, solo para que sean felices en la Tierra (como curándolos de su enfermedad o arreglando sus problemas financieros) sería también ilógico, pues con su fe ya se ganaron el “paraíso eterno” que hemos creado para ellos (y cansado de prometérselos además), entonces tampoco tiene caso ayudarlos o mejor aún, la mejor forma de ayudarlos sería matarlos en su vida terrenal para que accedan cuanto antes a nuestra presencia por su genuina fe en nosotros.
En virtud de lo anterior, queda claro que un dios que atiende rezos, hace favores (o excepciones) especiales, viole leyes de la naturaleza a favor de algunos, le dé valor al número de rosarios o padres nuestros que rece una persona, y en general que se preocupe por estar haciendo milagros a diestra y siniestra según quién y cómo se los pida, es un dios incongruente con su propia “palabra”, con su propia infalibilidad, con sus propias promesas (y amenazas) y con su propia exigencia de fe.

El problema de este tipo de “fe verdadera”, que personalmente no conozco en nadie -pues hasta los Papas usan “papa-móvil” blindado y hasta los que van a misa en carro se ponen cinturón de seguridad- es que es un tipo de fe que violenta completamente el funcionamiento de nuestro cerebro. El cerebro funciona en base a modelos y patrones, pero esos modelos y patrones necesitan tener por lo menos un sustento verificable para sostenerse. Así, los “conspiracionistas” ven en todo lo que pasa hechos maquiavélicos de cierto grupo de poderosos, y su prueba está, precisamente, en todo lo que pasa. La ventaja que tienen sobre los católicos, por ejemplo, es que para ser conspiracionista no se te exige creer en ello sin tener ninguna prueba. Para los católicos mexicanos la Iglesia les ofrece tres grandes pruebas de la existencia de Dios: la Biblia, Jesús, y la Virgen de Guadalupe, pero evidentemente muchas veces no les son suficientes para sostener todo el modelo fantástico sobre el cual está sustentada en su cerebro su percepción o modelo de realidad, y es entonces cuando empieza la buscadera de milagros en todo lo extraño que sucede. Ello es así, porque su cerebro les grita “Dame pruebas, dame pruebas!”, y por eso las buscan en absolutamente todo (antes en la lluvia ahora en los sucesos muy probablemente aleatorios que les van sucediendo a diario) sin darse cuenta que al hacerlo, al buscar milagros, se están exhibiendo como los seres verdaderamente racionales que en el fondo su cerebro les exige ser.

viernes, 13 de diciembre de 2013

De las “Trompetas del Apocalipsis” y otras conclusiones raras


Es sorprendente lo viral que pueden volverse un grupo de videos donde aparentemente se escuchan unas trompetas en medio de la noche en una ciudad cualquiera. Pero más sorprendente es la forma en que se concluyen cosas verdaderamente descabelladas, una de ellas es que se trata de las siete trompetas referidas en el libro del Apocalipsis de la Biblia, en referencia a los tres juicios que supuestamente el Dios Bíblico realizará cuando el Mundo termine.

Para empezar, y suponiendo sin conceder que lo que está escrito en la Biblia sea infalible, se me ocurren decenas de explicaciones para  el origen de dichos sonidos, desde una sencilla edición de audio para sobreponerlo a la grabación original, hasta ser producto de algún vecino budista drogado y con un buen sistema de sonido. En medio de eso caben muchísimas otras causas. Claro que también podría ser Dios tocando unas trompetas, pero en todos los casos, hasta que no se compruebe el origen (lo cual pudiera ser imposible) estamos obligados por la razón, la lógica y el sentido común a no dar ninguna por cierta. (De hecho ya se descubrió que los sonidos fueron extraídos de la película “La Guerra de los Mundos” de Spielberg y sobrepuestos a un archivo de video).

Lo importante saber es que cuando abandonamos las reglas del razonamiento lógico, corremos el riesgo de ser fácilmente timados por el prójimo o por lo que pasa a nuestro alrededor, y por eso es importante tratar de aplicarlas la mayor parte del tiempo posible. Obviamente hacerlo implica usar la corteza cerebral, y el cerebro evolucionó para evitar usarla todo el tiempo por una lógica de economía y administración de recursos. Un cerebro que utiliza la corteza para concentrarse y pensar profundamente requiere muchísima energía y genera muchos desechos, por eso el cerebro trata de utilizar el “piloto automático” en la mayor cantidad de ocasiones posibles. Esto es muy útil para realizar muchísimas acciones, tales como manejar, bailar, comer o caminar entre la muchedumbre, pues nos permite evitar pensar profundamente antes de cada paso que damos. Simplemente el cerebro genera un patrón y se atiene lo más posible a ese patrón (por eso, cuando caminamos y hay desniveles inesperados podemos lesionarnos o al menos sentir que nos vamos “al precipicio”). Otro ejemplo es subir escaleras: recuerdo que en una casa que viví el cuarto o quinto escalón era más alto que todos las demás, e invariablemente todo el que visitaba esa casa y subía por primera vez, tropezaba en él, porque el cerebro calcula la altura de los escalones basado en el primer escalón, generando con ello un patrón que le permite ahorrar energía al no tener que analizar uno por uno cada escalón, con el inconveniente en este caso, de que cuatro escalones después inevitablemente tropezabas.

Ahora bien, con nuestra concepción del Mundo es lo mismo, generamos un patrón sobre cómo creemos que funcionan las cosas, y nos aferramos a él, pero ¿qué pasa cuando nuestro modelo o patrón de la realidad está basado en un Mundo fantástico, lleno de seres increíbles cuya existencia nunca se ha comprobado, como dioses, ángeles, demonios, almas, espíritus y conspiraciones? Que el cerebro tratará siempre de ajustar cualquier cosa “inexplicable” con ese modelo de realidad que hemos generado para vivir “tranquilos”.

Las consecuencias de ese modelo tan “cómodo” para el cerebro (le evita esforzarse en pensar y en buscar la comprobación de los hechos) están a la vista:
  •        Una luz en el cielo: Es una nave espacial llena de extraterrestres que vienen a conspirar con el gobierno norteamericano.
  •        Una coincidencia: Es el destino que está escrito en algún lugar superior.
  •        Una silueta en la oscuridad: Es el fantasma de una viejita.
  •        Se me pierde algo: Me lo escondió un espíritu chocarrero.
  •        No me puedo levantar ni mover aunque me siento despierto. Se me subió el muerto.
  •        Sucedió algo altamente improbable: Un milagro de dios o de uno de sus miles de santos.
  •        Tengo problemas de amor o dinero: El horóscopo tenía la razón.
  •        Me salió algo terriblemente mal: Dios me castigó o me está poniendo a prueba.
  •        Siento que ya conocía a alguien que me acaban de presentar: Nos conocimos en otra vida antes de reencarnar en esta.
  •    Gané dinero en el casino. Todos los astros se alinearon para ayudarme, porque seguramente había una alineación similar a la del día en que nací aunque de seguro me va a ir mal en el amor.
  •        Escuché una voz en mi cabeza que me decía “estrella el avión contra el edificio”. Fue Dios indicándome lo que tenía que hacer.
  •     Tengo un evento y está nublado. Voy a enterrar un cuchillo, lo cual ayudará a generar una variación meteorológica determinante para modificar el rumbo de las nubes que percibo como amenaza, o voy a rezar para que mi dios intervenga y mande las nubes para otro lado.
  •        Se aparece una mancha de humedad en una pared. Es una aparición divina y se trata de una prueba de la existencia de un dios igualito que nosotros ("imagen y semejanza").
  •        Soñé con mi abuelito: Está en el purgatorio pagando por sus pecados y quiere que le rece para que pueda salir más pronto.
  •      Etc, etc, etc...

Todo esto debió de ser de mucha utilidad mientras evolucionábamos, porque el cerebro se siente “incómodo” sin tener una explicación para todo lo que percibe, ya que esa falta de explicación se percibe como amenaza y genera intranquilidad. El cerebro odia el “no sé”, y siempre busca una manera de evitar los “no sés”, a pesar de que ello lo orille a creer en algo que no se pueda comprobar, incluso (o especialmente) si es absurdísimo. En los millones de años de evolución en los cuales la información que se transmitía de una generación a otra era muy limitada, y los medios para explicar muchas cosas que sucedían a nuestro alrededor más limitados aún, creer en el dios del sol y de la lluvia, por ejemplo, era muy útil para que el cerebro no gastara energía innecesaria tratando de explicar o entender algo que estaba completamente fuera de su alcance.

Afortunadamente ya no es así. La capacidad de transmitir información profundamente detallada de una generación a otra, de la mano del método científico y las reglas del razonamiento lógico, nos han hecho madurar como cultura lo suficiente para poder respondernos como individuos “no lo sé” a aquello que no entendemos o cuyo origen desconocemos. En un proceso de madurez que quizá algún día se traduzca en ventaja evolutiva, tenemos que educarnos para aceptar como respuesta un “no sé, pero quizá algún día lo sepa” a lo que no podamos probar, porque tenemos la información suficiente para entender las reglas bajo las cuales se rigen las cosas, pero sobre todo porque tenemos cientos de antecedentes de “misterios fantásticos” resueltos con el paso del tiempo y los avances de la ciencia, y que ahora hasta nos produce risa saber que se aceptaban como verdades generalizadas (como que la Tierra era plana y estaba sostenida por cuatro elefantes gigantes parados sobre una tortuga todavía más gigantesca). En ese sentido, creo que estamos obligados a poner nuestro “granito de arena” para evitar ser el hazmerreir de las futuras generaciones y tratar de empezar a cuestionarnos todas esas cosas fantásticas e incomprobables que alegremente damos por hecho para sedar a nuestro cerebro (o sea, a nosotros mismos).

Finalmente, considero importante que cuestionemos todo aquello que damos por cierto sin otro fundamento que la herencia cultural y que hay que tener mucho cuidado cuando de sacar conclusiones descabelladas se trate cada que se nos presente ante nosotros algo “inexplicable”, porque de otra forma siempre habrá gente dispuesta a explotar de alguna forma u otra (limosnas, remedios milagrosos, etc.) el modelo de realidad que hemos abrazado por comodidad y/o por herencia, y que si bien nos ahorra el uso de la corteza del cerebro de manera recurrente, también nos puede quitar una buena parte de nuestra libertad. 

viernes, 18 de enero de 2013

¿Cuál es el significado de la vida o para qué vivimos?



Es extremadamente probable que nuestra vida sea todo lo que tengamos; que nada de este Mundo nos vayamos a llevar y que nada haya después para nadie. Al igual que el resto de los seres vivos, simplemente somos el producto de millones de años de una desconocida combinación de causalidades y casualidades... De un sistema que se desarrolló muy probablemente sin el auxilio de ningún ente superior, gracias a los factores referidos y que desde entonces ha luchado por sobrevivir. ¿Para qué? Precisamente para sobrevivir, no hay más. Los genes solo buscan sobrevivir y todo indica que lo hacen sin ningún otro fin superior o motivo que la propia supervivencia. ¿Pero por qué quieren sobrevivir? Todo apunta a que no lo saben ellos tampoco y por ende a que no hay respuesta a esa pregunta, a menos que los motive la creencia en un dios-gen que les dará la vida eterna después de ésta si logran perpetuarse o alguna otra razón de naturaleza afín.
Considero que a falta de pruebas irrefutables todo indica que nuestra lucha por sobrevivir es producto de una predisposición contenida en nuestros genes, a quienes lo único que les interesa es su propia supervivencia y que para tal efecto nos utilizan como sus huéspedes, como herramientas para conseguirlo. Gracias a ese egoísmo exacerbado existimos y existe todo lo que tiene vida, pero por extraño que nos parezca, por irracional que suene, por poco poético que sea, lo hacen sin ningún otro propósito que sobrevivir. Esa es su única razón de existir, y quizás precisamente por ello lo hayan logrado con tanto éxito. El hecho de que cueste tanto trabajo creerlo y todavía mucho más entenderlo, no quiere decir que sea falso y hasta el momento todas las pruebas con las que contamos apuntan a esa única dirección. Quizás los genes nunca habían logrado formar a un ser vivo que se cuestionara tanto esta poco novelesca realidad, pero todo indica que es la realidad.
Para poder sobrevivir, durante millones de años fuimos desarrollando un cerebro con una alta capacidad de abstracción que nos permitió competir por los valiosos recursos con especies muchísimo más desarrolladas física y sensorialmente que nosotros. En estos tiempos modernos (de 10,000 años para acá) que hemos logrado que una gran parte de nuestra especie tenga acceso a recursos como las calorías -durante millones de años tan escasos- hemos tenido tiempo suficiente para hacernos tantas preguntas e imaginar tantas realidades, que pareciera por momentos que estamos disparando en contra de nuestros creadores, los genes. Sin embargo, ellos no tienen nada que temer, ya que aquellos humanos que han preferido gozar y disfrutar del instrumento llamado cuerpo, que tuvo que desarrollar recompensas placenteras para que la especie siguiera existiendo -recompensas a las que era difícil acceder y que ahora se pueden obtener en exceso- morirán con sus genes y pronto esa tendencia desaparecerá... Seguirán estando, como ha sucedido siempre, solo aquellos que puedan soportar la realidad sin renunciar a sus instintos. ¿En cuánto tiempo? Quizás en mucho más del que seamos capaz de comprender cabalmente, pero que a nadie le quepa duda: sucederá. De hecho, me sorprenden sobremanera los que se sorprenden que una mosca tenga un ciclo vital de dos a tres semanas. Dicen aterrorizados "¡Que tragedia tan grande vivir solo 20 días!", "¡Que insignificante y patética es una mosca que tan solo vive 20 días!", "¡Que poco tiempo para vivir!" etc. ¿Realmente creen que hay mucha diferencia entre 20 días y 70 años? Si tomamos como referencia la edad de este planeta, una mosca vive en él apenas un suspiro menos de lo que vive en él un humano, y sin embargo, nos sentimos tan especiales y superiores por vivir mucho más que una triste mosca.
Estoy convencido que la vida debe vivirse con pasión y disfrutarse, pero también deben buscarse responsabilidades que le den equilibrio. El cuerpo debe vivir lo más cercano a las condiciones para las cuales está preparado según evolucionó para mantenerse sano... Por ejemplo, el estrés no nos es ajeno, por supuesto que estamos preparados para el estrés, pero no para el estrés pasivo, sentados todo el día y acostados toda la noche. Estamos preparados para un estrés activo, en movimiento, caminando, corriendo, ocultándonos del depredador y acechando a la presa o buscando el fruto entre la vegetación. Aquello que llamamos felicidad no es otra cosa que la obtención de algún recurso necesario para sobrevivir (llámese comer, fornicar, defecar o dormir, por ejemplo). Sin embargo, la realidad es que no estamos preparados para tener tantos satisfactores disponibles de manera tan directa, accesible y sencilla, y ello nos ha afectado profundamente en nuestra salud mental y física.
De hecho, aunque somos una especie grandiosa desde muchos puntos de vista, realmente nuestro gran logro residió en haber encontrado la manera de transmitir con precisión información de una generación a otra. Un ser humano que nace sin tener el privilegio de contar con información acumulada durante miles de años atrás de él, vuelve a ser esa especie vulnerable que tiene que usar al máximo sus capacidades mentales y físicas para poder sobrevivir. Somos un ser vivo destacado sin duda, como lo son muchísimos, pero un ser vivo con muy pocas ventajas competitivas sobre el resto de los seres vivos con los que tendrá que luchar por comer. Si por pura casualidad se hubiera roto hace alrededor de 15,000 años unos cuantos eslabones de la cadena que nos permitió conocer la agricultura, es sumamente probable que no seríamos más de 100 millones de humanos en toda la Tierra y que todavía anduviéramos en taparrabos, como nómadas luchando día a día por sobrevivir.
Otro factor que debemos  conocer y tomar en cuenta permanentemente, es que somos esclavos de la subjetividad y de la perspectiva. Estamos en constante rivalidad con nuestros semejantes que conocemos y, entre más cercanos, mayor es la necesidad biológica y genética de ser superiores (o al menos sentirnos tales). Por más altruistas que seamos, nunca lo seremos tanto como para entregar más poder del que tenemos al ser querido, y no debemos sentirnos culpables por ello, porque así estamos predispuestos; de la misma forma en que no puede sentirse culpable un motor de 10 cilindros cuando ruge al ser encendido: Está en su naturaleza hacerlo. Este "defecto" ha servido a nuestros genes para propagarse y ello nos ha definido a nosotros como humanos: competitivos, aguerridos, ambiciosos. Pero saberlo nos puede servir para canalizarlo, para encauzarlo, para aminorar sus efectos negativos buscando que nos perjudique lo menos posible en nuestro bienestar, en nuestra tranquilidad, en nuestra paz interior... En pocas palabras: en nuestra felicidad. De la misma forma que ahora sabemos perfectamente porque se nos antoja un delicioso postre, también ahora sabemos porque nos duele tanto cuando un ser querido gana más, vacaciona mejor o adquiere una casa o un vehículo mejores que el nuestro, y de la misma forma en que rechazamos el postre, debemos de también aprender a rechazar ese sentimiento de culpa o de estúpidos que nos destruye cuando la envida nos corroe, porque no es culpa nuestra, es culpa de nuestros genes que buscan motivarnos para ser más y (asumen que por ello buscaremos) tener mayor descendencia (en la que ellos por supuesto irán de paquete).
Yo creo que una de las grandes debilidades de nuestra especie es nuestro gran ego, nuestra incapacidad de sabernos altamente limitados y estúpidos... Entendiendo por "estúpidos" el hecho de seguir siendo muy limitados en nuestra capacidad de comprender a fondo la realidad y de vivir sujetos a ciertas normas genéticas que nos pueden hacer muy fácilmente víctimas de la irracionalidad sin que jamás nos demos cuenta de ello.
Creo que cada quien es "libre" de creer lo que quiera (como yo de creer esto). Pero pongo libre entrecomillado, porque somos una especie sumamente predispuesta a creer lo que se nos diga o enseñe... Si nos enseñan a que es bueno comernos a nuestros seres queridos cuando mueren, es sumamente difícil que abandonemos esa creencia. Pero creo que afortunadamente la misma posibilidad de transmitir conocimientos hoy en día nos tiene en una posición de ventaja respecto a generaciones pasadas, en el sentido de que tenemos a nuestra disposición métodos precisos para calcular la posibilidad e incluso la probabilidad de nuestras creencias, las abandonemos o no. Ahora sabemos con mucha precisión cuál es la probabilidad de ganarnos la lotería y sin embargo seguimos jugando, por ejemplo. El que crea que haber nacido en cierta fecha afecta notablemente su destino y personalidad; el que crea que romper un espejo le va a traer mala fortuna; el que crea que un señor de barba blanca sentado en una nube celestial creó todo lo que existe; el que crea que la selección mexicana será la próxima campeona del Mundo en Brasil 2014, etc. está en todo su derecho de creerlo, pero debe de saber que su creencia tiene una determinada probabilidad de ser incorrecta, y yo considero que la apuesta más prudente para vivir la vida es apostarle a lo más probable o, en muchos casos, a lo menos improbable, aunque contradiga toda la carga de creencias a la que fuimos expuestos desde muy jóvenes, incluso desde nuestro nacimiento.
Finalmente, sugiero que nos reconozcamos como lo que somos: seres vivos cuyo único fin en este Mundo es sobrevivir. Valoremos y disfrutemos el hecho de quizás ser los primeros seres vivos en este Planeta que tienen consciencia del Universo en el que viven, ello por sí solo debe ser siempre razón de más para sentirnos orgullosos y agradecidos con la suerte de haber nacido como parte de esta especie. Vivamos una vida digna de ser recordada, pero estemos conscientes que por más que nos recuerden, muy probablemente de ello jamás nos enteraremos. Vivamos con dignidad, orgullosos de nuestros actos, y reconozcamos nuestros errores y defectos sin vivir en un permanente estado de culpabilidad, que de ello se alimentan muchas religiones, vividores, esquizofrénicos y fuerzas políticas en este Planeta.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Reflexiones sobre el Cerebro y el Alma



Antes de comenzar me gustaría aclarar que en este ensayo, a pesar de que se tratará el tema de el alma, no pretendo entrar en debates y argumentos de tipo teológicos y, quizás ni siquiera, filosóficos; únicamente pretendo presentar algunas reflexiones muy sencillas, principalmente biológicas y lógicas, que he meditado sobre la materia.

El alma se ha definido tradicionalmente como una especie de sustancia espiritual, invisible, etérea e inmortal en la que reside toda nuestra esencia como personas, como seres únicos e irrepetibles. Durante miles y miles de años el ser humano ha creído en la existencia del alma, y esa creencia ha dado origen y fundamento a prácticamente todas las grandes religiones, creencias y prácticas sobrenaturales del Planeta, desde el cristianismo, el islam, el judaísmo y -en parte- el hinduismo hasta las antiguas religiones ahora en desuso. Es la creencia en el alma lo que fundamenta ideas como “la vida eterna”, “el infierno” y “la resurrección”, por ejemplo. Luego entonces, hablar del alma no es tema menor y, por el contrario, quizás sea uno de los temas más importantes que analizar que se la hayan presentado al ser humano en toda su historia.

Por otro lado, desde el punto de vista biológico, el ser humano ha logrado consolidarse como la especie dominante sobre el planeta Tierra debido a su gran cerebro, cuya capacidad de percibir la realidad, razonar, cuestionar, dudar, analizar, expresarse y almacenar gran cantidad de información nos ha permitido gradualmente desarrollar y transmitir conocimientos, experiencias e inventos, que de manera exponencial se han ido acumulando en nuestra historia hasta permitirnos llegar al punto tecnológico en que nos encontramos.

Sin embargo, alma y cerebro parecen concebirse tradicionalmente como órganos o partes del humano independientes una de la otra, como el corazón y el cerebro, por ejemplo. Así, este ensayo se generó producto de haberme planteado las siguientes preguntas:
-       
- ¿Existe el alma?
- De existir el alma, ¿cuál será su composición y forma?
-  De existir el alma, ¿estará formada por átomos como absolutamente todas las cosas que actualmente conocemos?
- De existir el alma, ¿cuál sería la relación entre el cerebro y el alma? y ¿cómo se dará dicha interacción?
- ¿Qué funciones le corresponderán a cada uno?
- ¿Cuál es el papel que juega cada uno en nuestra vida?

El problema de hablar de “el alma” es que se debe entrar demasiado en el campo de la especulación y –necesariamente- de las creencias personales. Si yo digo estar convencido que el alma es eterna y alguien más me asegura estar convencido que no es eterna, ¿bajo qué criterios se debe desarrollar el debate?, ¿cómo podemos sustentar o comprobar nuestras afirmaciones o convicciones? Cuando mucho nos podremos sustentar en las creencias y reflexiones de otra persona (e.g. Tomás de Aquino), pero –al menos hasta el día de hoy- nunca sobre pruebas tangibles[1] que sustenten nuestro dicho, creencia o postura. En pocas palabras, se vuelve un ejercicio, al menos desde el punto de vista de la lógica y la razón, mucho más ocioso que provechoso.

En contraparte, sobre el cerebro sí se puede hablar y debatir con pruebas tangibles, ya que a pesar de que el cerebro es un órgano sumamente complejo (el más complejo del cuerpo humano) y que ha sido estudiado hasta el cansancio por millones de personas, cada día se sabe con mucha mayor precisión cómo funciona, incluso a pesar de los enigmas que aún nos guarda. En ese sentido, el fundamento de este ensayo será aquello que sí sabemos a ciencia cierta sobre el cerebro. Por ejemplo, hoy en día es muy fácil demostrar cómo funciona el cerebro, y si yo les preguntara en este momento, ¿De acuerdo a La Biblia, dígame cuántos animales de cada especie ingresó Moisés en el Arca antes del diluvio?, seguramente me contestarán que dos, lo cual es absolutamente falso. Su cerebro lo engañó porque es un ejercicio muy sencillo que tiene como objetivo que su parte inconsciente (sistema uno), engañe a su parte racional (sistema dos).

Pero antes de seguir adelante hablando sobre nuestro cerebro, soy consciente que el primer gran debate que se presenta al hablar sobre el origen del cerebro, es el mismo que al hablar del origen del Planeta Tierra y de todo lo que hay en él, incluido el ser humano, y básicamente se limita a una de dos cosas: o es producto de la evolución o es producto del diseño de alguien superior a nosotros, tentativamente llamado Dios.[2] Analizar los argumentos a favor y en contra de ambos posibles orígenes es de sumo interesante (e importante), pero por el momento no será objeto del presente ensayo. En ese sentido, para no desviar la atención a otro debate diverso, trataré de evitar en la medida de lo posible referir las causas científicas por las cuales se explica por qué el cerebro es lo que es y funciona como funciona.

Así las cosas, lo que sí pretendo sea fundamento de este trabajo, son los hechos duros, son aquellas cosas que hemos llegado a conocer del cerebro humano y a través de las cuales se pueden afirmar muchas cosas con absoluta certeza, como por ejemplo:

1.    El cerebro es una "máquina" sumamente compleja, dividida en cuatro partes (frontal, parietal, occipital y temporal).
2.    En el cerebro funcionan de manera simultánea dos "sistemas", uno de manera inconsciente y otro de manera consciente. Cada uno tiene funciones muy específicas que permiten mucho ahorro de tiempo y energía.
3.    Nuestras células cerebrales, las moléculas del cerebro, los neurotransmisores, las neuronas, las dendritas y las sinapsis son casi idénticos en los cerebros de todos los animales, por lo que los cerebros de los insectos, peces, reptiles, aves y mamíferos están todos hechos con los mismos “bloques de construcción” que el cerebro humano.
4.    El cerebro de un varón y una mujer funcionan ligeramente diferente.
5.    En el cerebro se almacena un gran cantidad de información (nuestra memoria) y se realizan todos los procesos cognitivos, racionales, conscientes y subconscientes necesarios para el debido funcionamiento de nuestras habilidades, nuestros sentidos y, desde luego, de nuestros órganos.
6.    No es posible concebir la vida humana sin cerebro.
7.    No existe hoy en día la posibilidad de un trasplante de cerebro.
8.    En base a las partes en que se divide el cerebro y sus funciones, un neurocirujano moderno puede identificar con precisión áreas afectadas del cerebro y sus consecuencias en la vida de una persona, desde físicas y psicomotrices hasta puramente psicológicas, e incluso, llegar de repararlas.

Hasta este punto es importante que usted lector relea los 8 hechos duros planteados y determine si se está de acuerdo con ellos o no y por qué. Si no se está de acuerdo en ellos, a pesar de ser hechos tangibles, no vale la pena que siga leyendo, sino que debemos primeramente investigar más y debatir sobre ellos y demostrarse a un servidor, y a todo el mundo de la medicina y de la ciencia de paso, nuestra equivocación.

Por otra parte, si usted coincide en que efectivamente son hechos y, por ende, irrebatibles, vamos a seguir adelante replanteando una importante pregunta.

¿Qué funciones tiene, o tradicionalmente se cree, que tiene el alma?
Una de las más grandes autoridades en la materia, Tomás de Aquino, en su obra denominada "Cuestiones disputadas sobre el alma", plantea al inicio de su obra veintiún cuestiones que analiza una por una en igual número de capítulos. Se necesitaría un libro completo para analizar y refutar cada una de ellas (quizá algún día lo haga con toda seriedad), pero a grosso modo nos señala que "el alma tiene cierta dependencia del cuerpo, en la medida en que sin el cuerpo el alma no alcanza a ser complemento de su especie. Sin embargo, no depende del cuerpo en la medida en que puede existir sin el cuerpo."... "...por lo mismo que la carne desea lo contrario al espíritu, se muestra la afinidad del alma con respecto al cuerpo. Pues se dice que el espíritu es la parte superior del alma, por la que el hombre se eleva por encima de otros animales (...) En cambio, se dice que la carne desea, porque las partes del alma sujetas a la carne desean aquello que deleita a ésta: y algunas veces se oponen al deseo del espíritu.". Como vemos, Tomás de Aquino va más allá e incluso nos dice que el alma tiene partes, y una de ella es el espíritu con sus propias funciones.

Empero, simplifiquemos las cosas abriendo nuestro abanico teológico y creo que si buscamos un factor común en la gran mayoría de las creencias religiosas, la función principal del alma podría resumirse en una cosa: la trascendencia. Esta es quizás la más arraigada de todas las funciones que la mayoría de la gente le atribuye al alma, y consiste en pensar (con el cerebro) que el alma nos hace o hará vivir eternamente –o al menos mucho más tiempo del que dura la vida terrenal-, sin importar si nuestro cuerpo ha muerto. Incluso, esta misma función hace creer a muchos en la posibilidad de la reencarnación, la resurrección y/ o la vida eterna.

Sin embargo, nada de ello parece posible sin cerebro, porque para trascender como seres únicos e irrepetibles necesitamos forzosamente nuestro cerebro. Lo explico con un ejemplo: Todo nuestro cuerpo pudiera morir o destruirse, pero si de alguna forma pudiera salvarse intacto el cerebro y hacerse funcionar en otro cuerpo, seguiríamos siendo –técnicamente- “nosotros”. Por el contrario, si se destruye o muere nuestro cerebro, y el resto de nuestro cuerpo sigue intacto, incluso si pudiéramos hacer funcionar ese cuerpo con otro cerebro, creo que todos coincidimos en que ya no seríamos "nosotros". Una persona que dona sus órganos, no se convierte por ello en el recipiente, pero ¿qué pensaríamos si a un ser querido que pierde su cerebro se le implantara el cerebro de otra persona que murió dejándolo intacto? ¿Seguiría siendo nuestro ser querido?

Por otra parte, para poder pensar que el alma cumple esa gran función de hacernos trascender la muerte, se debe creer también –necesariamente- que el alma tiene, cuando menos, las mismas funciones que el cerebro. Pues para creer que con el alma se quedan (una vez muertos) nuestra razón, capacidad de pensar, memorias y recuerdos (es decir, todo lo que nos define como únicos, con excepción de nuestro cuerpo), entonces es necesario creer también que el alma, además de sus propiedades tiene también todas las del cerebro, pues de otra forma no sería en ningún caso factible ni sustentable la creencia en el alma.

Cuando se cree en el alma, por ejemplo, se suele creer que un fantasma o espíritu (manifestación física del alma de una persona cuyo cuerpo y cerebro han muerto) puede venir y dialogar o interactuar de alguna forma con aquellos que tienen cuerpo (y cerebro) vivos. Sin embargo, ¿cómo se puede dar esa interacción si no se tiene cerebro?, ¿qué no estábamos todos de acuerdo en que el cerebro controla los sentidos y la razón?, ¿qué no coincidíamos todos en el hecho de que la información que acumulamos –memoria y/o recuerdos- está almacenada en zonas específicas del cerebro? (Ver el apartado de “hechos”)

En ese sentido, vale la pena preguntarse ¿hay suficientes elementos para suponer que la creencia en el alma puede ser producto del cerebro?, o si por el contrario ¿las funciones que actualmente le atribuimos al cerebro en realidad son ejercidas por nuestra alma? El "problema" es que existen estudios que demuestran cómo se activan las partes del cerebro según la actividad que realicemos y además, se ha comprobado que por "economía" el cerebro nos hace "creer" que la experiencia de las decisiones tomadas con nuestro "libre albedrio" se encuentra separada de una causalidad física. Retomando el ejemplo del Premio Nobel Daniel Kahneman, aunque es tu mano la que toma el salero, no percibes este evento en términos de una cadena de causalidad física. Lo experimentamos más bien como una acción ocasionada por una decisión que hizo un "tu" ajeno al cuerpo, simplemente porque ese "tu" quería ponerle sal a la comida. El psicólogo Paul Bloom señaló que el cerebro humano está  preparado de manera innata para separar las causalidades físicas de las intencionales, de tal manera que "percibimos el mundo de los objetos como esencialmente separado del mundo de las mentes, haciendo para nosotros posible visualizar almas sin cuerpos y cuerpos sin almas.".

Así las cosas, es inevitable cuestionarnos: sin la existencia de un cerebro ¿cómo puede el alma de una persona, razonar, pensar, recordar, manifestarse, interactuar e incluso dialogar sin tener cerebro? La única explicación que encuentro sería que el alma tuviera cerebro o que el alma pudiera realizar en sí todas las funciones del cerebro, además del resto de las funciones que se le suelen atribuir. 

El problema de fondo es que si aceptamos esa única explicación (no se me ocurre ninguna otra razonable), entonces sería imposible evitar hacernos la siguiente pregunta ¿para qué existe el cerebro? Si el alma tiene cerebro o es un cerebro en sí, que nos permite almacenar información, utilizar los sentidos, pensar y razonar, el cerebro no tendría prácticamente ninguna razón de ser o existir.

Si efectivamente es verdad que carecemos de la capacidad biológica y de la tecnología para “detectar” o “percibir” el alma de las personas, aún así siguen vigentes las preguntas lógicas: ¿para qué el cerebro?, ¿por qué el cerebro hace lo que hace si el alma también lo puede hacer?, ¿por qué podemos alterar con mucha precisión, a través de medicamentos, drogas y/o cirugías las funciones cerebrales –casi- a placer y no entra en acción el alma como una especie de "respaldo" anti corruptivo de la conciencia?

Se me ocurre que lo lógico sería, en todo caso, que en nuestra cabeza hubiera una cavidad –aparentemente- vacía, y en ella residiría el alma (no formada por átomos ni nada que conozcamos) simplemente invisible a nuestros ojos y ciencia, haciendo todas las funciones que le atribuimos al cerebro, de tal forma que una vez muerto nuestro cuerpo, dicha alma saliera volando o flotando, permitiéndonos la experiencia de ver nuestro cuerpo recostado en la cama, sala de cirugías o accidente en el cual hayamos muerto y todo lo demás. Pero no, desafortunadamente para los que creen en el alma, existe el cerebro, y es precisamente el cerebro, una de las pruebas más grandes –desde el punto de vista netamente lógico y racional- de que no es factible que exista el alma.

Creer a pesar de ello en la factibilidad del alma, además, nos llevaría necesariamente a hacernos preguntas mucho más complicadas, por ejemplo, una persona que tiene una copia extra de su cromosoma 21, genera en ese individuo una afectación conocida como Síndrome de Down. Esa afectación netamente física no debiera afectar el alma, ¿o si? Si el alma queda intacta, entonces una vez muerta dicha persona, ¿su alma permanecerá con las mismas discapacidades cognitivas propias de su afectación por toda la eternidad?, o incluso ¿nos atreveríamos a asegurar que esa persona carece de alma? Desde el punto de vista médico y genético la explicación es muy clara, pero desde el punto de vista del alma ¿cómo explicar que la suerte del alma esté tan directamente atada a un microscópico cromosoma? Otra interesante pregunta es ¿cuándo se desarrolla el alma en el cuerpo?, ¿Al mismo tiempo que el cerebro o antes o después?, ¿Qué pasa con el alma de un feto cuando muere antes de nacer o de un bebé que muere apenas ha nacido? Claro que siempre podemos contestar que todo ello está fuera de nuestro limitado entendimiento humano y que no debemos -ni siquiera intentar- responderlo, pero me parece desafortunado pensar así, porque para mi la razón se usa o no se usa, y punto. No creo que deba usarse para unas cosas si y para otras no. Efectivamente podremos nunca encontrar una respuesta tangible y demostrable pero, al menos, tendremos la satisfacción de haberla buscado con el mayor rigor científico y razonable posible. 

Un ejemplo final: Una computadora moderna funciona –con todas las proporciones guardadas- de forma similar a un cerebro. Para su funcionamiento está dividida –al igual que el cerebro- en partes con actividades muy específicas, como un procesador, la memoria RAM y su Disco Duro, además del software que la hace realmente útil. Sin embargo, qué pensaríamos si alguien nos dijera que además de todo lo anterior, nuestra computadora tiene integrado un respaldo invisible que la puede hacer seguir funcionando si es destruida totalmente, solo bastaría encontrarle “otro recipiente” (o resucitar el destruido). Lo lógico sería pensar que es una locura, ¿no es así? Y no digo que sea locura por imposible, por lo que suele creerse para Dios no hay imposibles y, por otro lado, la ciencia ha logrado superar muchísimas cosas que en una determinada época se concibieron como imposibles. Así que no sería locura pensar que la ciencia pudiera crear una computadora que funcionara con componentes virtualmente invisibles equivalentes a un “alma”, lo que sí me parece una locura es que una vez desarrollada dicha tecnología, se siguieran utilizando además (y de manera simultánea) los (para ese entonces) anacrónicos componentes físicos y tangibles que actualmente se utilizan para que funcione una computadora. En otras palabras, si Dios nos hizo con un alma inmortal capaz de pensar, razonar, percibir y retener información, ¿para qué ponernos un órgano mortal (y muy inferior) como el cerebro y que además repite prácticamente todas las funciones de aquélla?

Si hacemos un análisis lógico de la situación y si además consideramos factible la teoría de la evolución, está más que claro que ello sería un absurdo, ya que la selección natural elimina gradualmente todo órgano o práctica inútil, y no tendría ninguna razón de ser la existencia de dos órganos (visibles o no) que hicieran exactamente las mismas funciones, sobre todo tratándose del órgano más sofisticado que se conoce (y que más recursos nos demanda) como es el cerebro humano. Desde el punto de vista creacionista, ¿para qué diseñar a todos los animales con cerebros que funcionan bajo los mismos principios y formados con los mismos materiales, y al ser humano ponerle, además, un alma que duplica todas las funciones del cerebro? Sencillamente no suena ni factible ni tampoco el producto de un diseño muy inteligente.


[1] El hecho que existan personas que aseguren haberse visto recostados en la sala de cirugías y luego ver un túnel oscuro y una luz blanca al final, no me parece una prueba tangible de que exista el alma, porque también es bastante probable que lo hayan soñado o imaginado, por ejemplo.
[2] “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.” Gn, 1:27)