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miércoles, 7 de enero de 2015

Norteamericanos sin Libertad


 “Aquí estoy establecido,
en los Estados Unidos…”

En los Estados Unidos de América se calcula que actualmente residen cerca de 12 millones de personas indocumentadas[1]. Es decir, 12 millones de personas que no viven legalmente dentro del territorio estadounidense (llamados comúnmente “ilegales” o “ilegal aliens” en inglés); 12 millones de seres humanos que no existen legalmente para el gobierno norteamericano; 12 millones de individuos sin derechos a cosas tan básicas como una licencia de conducir; 12 millones de esclavos dentro del territorio que ellos consideran su hogar; 12 millones de personas que viven bajo el estigma de un gobierno y una sociedad que niegan su existencia al mismo tiempo que los explotan en la medida que les es posible.
Otra dato que es relevante y casi igual de impresionante es que de esos 12 millones de personas, alrededor de un 65% llevan 10 años o más viviendo con ese estatus de “ilegales” dentro del territorio norteamericano. Muchos de ellos tienen hijos e incluso nietos nacidos en Estados Unidos que ni siquiera hablan ya el idioma del país de sus padres y/o abuelos, y que no entienden porque sus padres y/o abuelos son “ilegales”. Lo que es un hecho, es que los inmigrantes (legales o ilegales) y sus hijos representan en la actualidad una sexta parte del total de la población norteamericana.[2]
 “Diez años pasaron ya,
en que crucé de mojado
…”
Recientemente estuve en Estados Unidos de América, y tuve la oportunidad de visitar y conocer a mucha gente indocumentada en diferentes ciudades de dicho País, varios de ellos familiares míos que tenía mucho tiempo que no veía o que no conocía, y quedé profundamente impactado por sus experiencias como inmigrantes ilegales que de su boca escuché. Yo siempre había leído y visto muchas noticias sobre los “indocumentados”, sobre todo en el 2012 cuando se propusieron y aprobaron algunas reformas por el Presidente Obama en la materia (siendo la llamada “DREAM Act” la más famosa de ellas), sin plantearme a fondo lo que ello implicaba para las personas que se encontraban en dicha condición, hasta que lo constaté recientemente con mis propios ojos.
Los testimonios de estas personas me impactaron al grado que me pareció trascedente escribir sobre este tema, con el objeto de que muchos que como yo, no estamos al tanto de lo que sucede, abramos los ojos ante una realidad que viven estas 12 millones de personas en el país más desarrollado del Mundo. Claro que siempre existirá el argumento falaz de que “al menos no se están muriendo de hambre como en otros países del Mundo”, o el argumento de que “nadie los obliga a quedarse a vivir allá en esas condiciones y por lo tanto no se puede decir que no sean libres o que sean esclavos”, sin embargo, en este ensayo trataré de demostrar que el planteamiento adecuado para analizar el tema no es si esas personas son esclavas por  ¿Por qué una persona no puede trabajar y vivir honestamente en el país donde ella desee?, ¿Por qué un Estado moderno debe cerrar sus puertas a los inmigrantes?
Finalmente, no pude evitar preguntarme: ¿Cómo es posible que la nación más rica, poderosa, avanzada y teóricamente democrática de este Planeta albergue a alrededor de 12 millones de personas indocumentadas viviendo prisioneras dentro de su territorio y al margen del reconocimiento del Estado?
 “…papeles no he arreglado,
sigo siendo un ilegal,”
El tema de la migración es tan viejo como nuestra especie. Sin embargo, desde hace apenas unos 10,000 años que descubrimos la agricultura y abandonamos una vida de nómadas para establecernos de manera permanente en un lugar determinado, cambiamos nuestra percepción de lo que era “libertad” y nuestros hábitos migratorios. Durante los cientos de miles de años que precedieron a la invención de la agricultura, fuimos una especie migratoria en constante movimiento. De acuerdo a John Medina[3], durante cientos de miles de años nuestros antepasados caminaron un promedio de 12 millas (19 kilómetros) por día (necesarios para llegar de África hasta Tierra de Fuego), lo que nos habla de nuestra necesidad evolutiva de movernos, de viajar, de conocer, de explorar. Ahora, si bien es cierto que con la invención de la agricultura y las poblaciones sedentarias, dejamos de movernos tanto, en contra de nuestra propia naturaleza, la realidad es que nunca renunciamos al instinto de migrar para vivir mejor.
Por ello, los movimientos migratorios continuaron después de la fundación de las primeras poblaciones, y por razones muy similares a las que hoy acompañan a los migrantes modernos. Para Ishay, las razones para migrar van desde la “búsqueda de condiciones para vivir y de mayor seguridad, hasta para escapar de las cadenas de sus captores”[4] y que no son diferentes en este sentido que las de los primeros seres humanos: perciben que los recursos para vivir (o sobrevivir) no son los suficientes en donde están y emprenden el viaje en busca de mejores condiciones.
En ese sentido, estoy convencido que la migración, en tanto parte de nuestra esencia, debe ser considerada un derecho humano y creo que en un verdadero Mundo global y progresista (palabas con las que tantas veces nos solemos llenar la boca al usarlas) nadie debería estar obligado a vivir y trabajar solamente en el lugar en el cual nació. Sin embargo, sigue siendo una constante el nacionalismo, el regionalismo y el proteccionismo arraigado profundamente en muchísimas personas (incluso progresistas) que se consideran amenazadas cuando llega una persona foránea a vivir en su comunidad. Aunque debemos reconocer que en este aspecto existen avances en la gran mayoría de los Estados modernos, en el sentido de velar por el respeto a los derechos humanos de los migrantes modernos (en tránsito o con residencia legal o ilegal), no menos cierto es que esos derechos humanos siguen sin darles libertades similares a las de un ciudadano sin razones objetivas que lo justifiquen.
“Tengo mi esposa y mis hijos,
que me los traje muy chicos…”
En varias ciudades de México por donde pasa el tren que va de Centroamérica a la frontera con Estados Unidos, cada vez es más común ver migrantes pidiendo limosna en las calles con un morral y un cobertor enrollado en sus espaldas, muchas veces incluso acompañados de mujeres y/o de niños y bebés. En la gran mayoría de los casos, son personas jóvenes que se ven perfectamente saludables, capaces de desempeñar muchas labores productivas en beneficio de la comunidad en la cual radiquen y que por falta de oportunidades o por ambición decidieron salir de su lugar de nacimiento. Lo primero que me viene a la mente cuando los veo es darles trabajo o ayudarlos a encontrar uno, al menos para que puedan ahorrar para comprar un boleto de camión a la frontera norte, pero las leyes de México no me lo permiten sin antes tramitar un permiso especial para tal fin (FM2 o FM3), que por experiencias que conozco de terceros no son trámites ni rápidos ni sencillos, así que para efectos prácticos están obligados a sobrevivir en el limbo mientras llegan a Estados Unidos en donde el panorama tampoco es muy alentador.
“…y se han olvidado ya,
de mi México querido.”
Estoy convencido que ningún invento del ser humano ha restringido tanto la libertad de los miembros de nuestra especie como las fronteras políticas. Nos hemos encargado de dividir y delimitar todo el Planeta con líneas imaginarias (con algunas lamentables excepciones) que nos confinan prácticamente a solamente poder vivir en el país donde nacemos. Un ruso quizás se sienta tranquilo de saber que al menos nació en el país más grande del Mundo y que tiene mucho territorio de donde escoger su lugar de residencia (por más helado que sea), mientras que un nativo de Liechtenstein o Singapur, quizás no se sienta tan afortunado en ese sentido.
Resulta indigno en una especie que se atreve a llamarse a sí misma como la única racional que habita el Planeta, que veamos con naturalidad el que un evento completamente ajeno a la voluntad de cada ser humano, como el espacio físico en el cual nació, sea tan determinante en la vida de dicha persona. A los defensores de regímenes comunistas siempre les he cuestionado que cómo es posible que un Estado cierre sus fronteras a sus propios ciudadanos y se convierta en una cárcel para ellos. Nunca podré apoyar un régimen que cierre sus fronteras a la emigración, por más explicaciones filosóficas sobre las ventajas que sobre dicho régimen se me puedan dar, ya que no considero que exista justificación suficiente para que una Nación se convierta en una prisión.
Sin embargo, retomando el tema toral de este ensayo, tampoco puedo sentir admiración por un Estado que cierra sus fronteras a la inmigración, sobre todo cuando es un estado que se presume como el estandarte de las libertades en todo el Mundo y que en nombre de la “libertad” ha invadido bélicamente a muchas otras naciones a lo largo de su historia. ¿Acaso es posible encontrar mayor incongruencia entre el discurso y los hechos?
“…del que yo nunca me olvido,
y no puedo regresar.”
El caso de los indocumentados norteamericanos, nos expone un caso de violación a las libertades humanas más vergonzoso de la historia moderna, precisamente porque se da en un país que se fundó en base a la inmigración y en base a las libertades individuales. Eso que permitió que los Estados Unidos se hicieran un imperio, ahora resulta que les molesta, que les preocupa y que los aterroriza. Incluso, a raíz de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, el tema de la inmigración se convirtió en un tema de Seguridad Nacional (a través del “Homeland Security Act”[5]), y desde el 2002 todo inmigrante ilegal es incluso sospechoso de ser terrorista.
Existen historias desgarradoras de indocumentados obligados a utilizar indignantes brazaletes GPS en los tobillos, a cambio de no estar encerrados en la cárcel mientras se determina su estatus migratorio. Otros casos igualmente desgarradores de familias que han sido separadas, padres indocumentados de sus hijos nacidos en Estados Unidos o hermanos mayores indocumentados separados de sus hermanos menores que alcanzaron a nacer en territorio estadounidense. Todos ellos, fundados en la premisa de que en los Estados Unidos de Norteamérica solo tiene intactos la totalidad de sus derechos humanos la persona que nació en ese territorio (o que logró “empapelarse”[6]).
Sin duda alguno, uno de los casos que más resonancia ha tenido en el debate moderno ha sido el de un joven periodista de nombre José Antonio Vargas, de origen filipino, que llegó a vivir a Estados Unidos de América cuando tenía 12 años y que ha dado a conocer al Mundo su experiencia definiéndose como “Norteamericano Sin Papeles” (“American w/o papers” en inglés), y que bajo el slogan de que “existen acciones ilegales, nunca personas ilegales” ha denunciado lo ridículo y a la vez doloroso y frustrante de su situación, empezando por la imposibilidad de salir del país a visitar a su mamá.[7] Comenta en una conferencia grabada por la organización “TED Talks”[8] que una de las preguntas más recurrentes que le hace la gente que conoce su historia es “¿Y por qué no te haces legal y ya?”… “Porque no hay manera… Si me dices donde está la fila, por más larga que esté yo ya estuviera en ella formado” responde siempre.
“De qué me sirve el dinero,
si estoy como prisionero…”
Cuando veo estos casos, no puedo evitar plantearme las siguientes preguntas: ¿por qué somos esclavos del lugar donde nacimos?, ¿por qué el suelo donde nacimos tiene tanta influencia en nuestro futuro y oportunidades?, ¿por qué el lugar donde nacimos nos tiende a definir como personas?
Entiendo que factores mucho más objetivos como los genes, la profesión, la riqueza o la religión de nuestros progenitores, por ejemplo, pueda llegar a ser un factor determinante en nuestro futuro u oportunidades. Aunque tampoco escogemos ninguna de ellas cuando nacemos, al menos hay un vínculo lógico y directo entre ellas y la influencia que pudieran llegar a tener en nuestra vida futura como niños, adolescentes y adultos. Sin embargo, que la ubicación territorial en la cual se llevó a cabo el momento del alumbramiento sea un factor igual o incluso más determinante en nuestro futuro y oportunidades que los otros cuatro referidos como ejemplos, nos habla que vivimos en un Mundo en el cual nos hemos encargado de construir sociedades y naciones que dan la espalda a la libertad de los seres humanos para favorecer los intereses de los Estados y los prejuicios de sus ciudadanos.
En ese tenor, considero que una de las asignaturas pendientes más importantes en materia de libertad que tenemos los seres humanos modernos, está precisamente en el tema de la migración. Es intolerable que existan estados que cierren completamente sus fronteras para impedir la salida de quienes en ellos nacieron, como también es intolerable que existan estados que cierren completamente sus fronteras para impedir la entrada de quienes en ellos quieren vivir y trabajar (o peor aún, que los dejen entrar para luego no  dejarlos salir). Ambas políticas son irracionales y atentan contra la libertad. Claro que ambas formas de migración representan inconvenientes de diversa naturaleza para los gobiernos de quienes las “padecen”, sobre todo en rentabilidad política en muchos casos, en que se ha utilizado como bandera de campaña la cerrazón de las fronteras a los inmigrantes de un territorio como forma de ganar votos de los electores, haciéndoles creer que de esa manera habrá más trabajo y oportunidades para todos, sin que se les diga exactamente cómo o por qué; de igual forma que cerrar las fronteras a la emigración se ha utilizado políticamente por regímenes autoritarios como parte de su discurso de terror disfrazado de bienestar para todos y desertores de la patria.
“…dentro de esta gran nación,
cuando me acuerdo hasta lloro…”
No cabe duda que la demagogia es muy costosa, pero creo que en un Mundo libre, todas las naciones que se consideren verdaderamente democráticas y liberales, deben de llegar a la conclusión de que las fronteras no deben existir para sus ciudadanos. La Comunidad Económica Europea ya sentó un precedente interesante al brindar una mayor apertura para el trámite de la nacionalidad de alguno de sus países con requisitos medianamente al alcance de muchos latinoamericanos, pero siguen cerrando sus fronteras a inmigrantes sin recursos para hacer el trámite o sin antepasados en dichos países.
Debo señalar que me parece increíble que en pleno siglo XXI, a casi 250 años de la “Riqueza de las Naciones” de Adam Smith, todavía no hayamos tomado las medidas necesarias para eliminar las fronteras y dejar que sea la economía de mercado -traducida a términos políticos-, la que permita que la gente decida dónde quiere vivir. Una apertura de esta naturaleza, al principio nos puede parecer temeraria, pero a largo plazo, es la puerta para una mayor prosperidad en todo el Mundo, pues los incentivos que se generarán crearán gobiernos más justos, democráticos y liberales.
“…aunque la jaula sea de oro,
no deja de ser prisión.”
Los Estados modernos actuales saben perfectamente que compiten entre ellos por atraer las inversiones de las grandes empresas con todos los beneficios que su derrama económica implica (trabajo, impuestos, empresas satélites, etc.) y buscan ofrecer las mejores condiciones posibles para que los empresarios volteen a ver su territorio como opción.
Por otra parte, también es muy propio de los Estados modernos buscar la apertura de las fronteras extranjeras para el ingreso de las mercancías producidas en su país y a cambio están dispuestos a abrir sus propias fronteras para el ingreso de mercancías producidas en otros países. Todas las naciones que firman este tipo de tratados de libre comercio, están convencidas que en el corto, mediano o largo plazo lograrán un superávit o beneficios concretos por dichas aperturas (pues en otro caso difícilmente les interesaría abrir sus fronteras a productos extranjeros).
Ambas políticas económicas: la de atracción de inversión extranjera y la de apertura de fronteras para el libre comercio, han demostrado ser exitosas y fuertes incentivos para desaparecer monopolios, acelerar el crecimiento económico y conseguir una mayor competencia en beneficio final no solo de los consumidores, sino de toda la cadena detrás de dicha “maquinaria económica”, y estoy convencido de que en el caso de la apertura de las fronteras para la migración, los efectos serán igualmente benéficos para todos.
“Y escúchame hijo,
te gustaría que regresáramos a vivir a México?”
Para quien esto suscribe, resulta inconcebible que vivamos en un Mundo en donde las empresas y las mercancías tengan más libertades, en materia de fronteras, que los seres humanos. Por ejemplo, una empresa que se dedique a construir y vender vehículos automotores, tiene las puertas abiertas en casi cualquier país del Mundo para ir a establecer una planta de producción ahí. Los gobernantes se pelearán por atraerla, le ofrecerán exenciones de impuestos o hasta le regalarán algún gran predio donde instalarse, haciendo que la decisión para a empresa no sea nada fácil de tantas opciones que tendrá. En cambio, un ensamblador de carros de un país pequeño, que toda su vida haya trabajado en la única planta de su país, ¿qué oportunidades tendrá el día que cierre esa hipotética planta? Incluso siendo el mejor ensamblador que exista y que sepa que puede sobresalir en cualquier planta del Mundo, las leyes migratorias harán que sus intenciones de seguir trabajando en otro planta de autos fuera de su país, sean una gran penuria y probablemente no tenga otra opción que resignarse a trabajar en su país en algo que no le guste o en lo cual no esté tan calificado.
Lo mismo podemos decir de las mercancías. Si yo tengo una mercancía que pueda competir en precio en cualquier país del Mundo, es prácticamente un hecho que encontraré los medios para exportarla a muchos de esos lugares. Pero si yo soy un lava carros, me será casi imposible irme a lavar carros a otro lugar del Mundo que no sea en mi propio país.
¿No es ilógico y hasta increíble que como humanidad hayamos logrado tantos avances en materia de atracción de capital extranjero y de exportación de mercancías mientras que en materia migratoria quizá cada día estemos peor? Será que cuando se instala una planta de vehículos con capital extranjero en nuestra comunidad no nos damos cuenta de que la mayor parte de las utilidades de todos modos va a terminar en otro país del Mundo, mientras que si dejamos que un extranjero llegue a vivir en nuestro nación, quizá el funde una empresa automotriz y deje las utilidades en el propio país.
“What're you talking about dad?,
I don't wanna go back to Mexico,
no way dad!”

El nacionalismo, el regionalismo, el proteccionismo y otros “ismos” de naturaleza similar, son males endémicos de la humanidad, al menos desde que se convirtió en una especie sedentaria. Guerras, conflictos, muertes, discriminación y agresiones en nombre de la protección de un espacio territorial y de una cultura o modo de vivir, por miedo a la competencia o a lo desconocido, han sido el “pan nuestro” de todos los días desde los últimos 10,000 años. Es imposible negar que pudieron haber existido veces en que los temores pudieron ser justificados, pero descalificar a otra persona y excluirla de una comunidad por su nacionalidad, por la ciudad donde nació, por el color de su piel, por su religión, por su sexo o por sus preferencias sexuales, por ejemplo, es una bestialidad moderna presente en casi todas las sociedades del Mundo. La guerra civil norteamericana o el holocausto son dos ejemplos recientes de llevar al extremo esa mentalidad irracional en contra de los seres humanos diferentes, así sea solo por sus ideas o por el lugar donde nacieron, y me preocupa profundamente que los gobiernos modernos no están sentando bases suficientes para impedir que ello vuelva a suceder algún día, y que por el contrario, parecieran estar solapando a las mayorías con tal de ser electos o reelectos en sus cargos.
Es difícil de creer que muchos ciudadanos civiles norteamericanos armados se han agrupado en los últimos años para cuidar sus fronteras, con la intención de disparar sin más a cualquier inmigrante que vean durante sus patrullajes, cual cacería de zorros. Debiera de prender alertas y focos rojos el saber que en la Nación que gusta erigirse como el faro moral de la humanidad, haya grupos de personas con educación formal de calidad (quizás hasta universitaria) dispuestos a cazar y matar a otro ser humano por el simple y sencillo hecho de ser de otra nacionalidad e “invadir” su territorio para “robarles” sus trabajos. ¿Acaso suena esto propio de una especie verdaderamente racional? ¿Acaso no nos debemos avergonzar y preocupar de que esto suceda hoy?
“Mis hijos no hablan conmigo,
otro idioma han aprendido…”
Uno de los problemas de la democracia es el temor de los que gobiernan a hacer lo que se debe por miedo a perder popularidad y “cavar su tumba” política. Muy lejos de un político moderno está en la actualidad aquella máxima de Napoleón Bonaparte que señaló: “He de gobernar de acuerdo con el bien general, no de acuerdo con la voluntad general”. Afortunadamente para nosotros, a lo largo de la historia han sido muchos los gobernantes que han tomado decisiones claves aún en contra del sentir mayoritario de sus gobernados, como un ejemplo reciente pudiéramos señalar el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o la libertad de conciencia en algunos lugares del Mundo, y en ese mismo tenor, los gobernantes modernos tienen la responsabilidad de promover las reformas necesarias para que se abran las fronteras a los migrantes que deseen vivir en el lugar en que gobiernan, por más impopulares que dichas normas pudieran parecer.
Sartori nos dice que a grandes rasgos hablamos de democracia para aludir “a una sociedad libre, no oprimida por un poder político discrecional e incontrolado, ni dominada por una oligarquía cerrada y restringida, donde los gobernantes “responden” a los gobernados. Habrá democracia en la medida en que exista una sociedad abierta donde la relación entre gobernantes y gobernados se base en la premisa de que el Estado está al servicio de los ciudadanos y no los ciudadanos al servicio del Estado, de que el gobierno existe para el pueblo y no viceversa.[9] El problema de esta definición está precisamente, y el mismo Sartori lo reconoce, en definir qué es “el pueblo”, cuál es legítimo decidir a las mayorías de dicha sociedad y qué temas no pueden ser materia de “votación”. Considero que ese es el caso del tema migratorio, que debe ser elevado a Derecho Humano Universal, para que no sea necesaria una justificación de persecución política para poder residir en cualquier país, al menos democrático, del Mundo.
El artículo 13 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos solo nos refiere del derecho de las personas a escoger libremente el lugar de su residencia dentro de su país, y a salir de su país y poder regresar a él. Por su parte en el artículo 14 nos habla de la posibilidad de solicitar asilo político en caso de persecución. Finalmente el artículo 15 nos habla del derecho a tener una nacionalidad y de poder cambiar de ella. Sin embargo, no hay derechos universales concretos para vivir en cualquier país que se desee.
“…y olvidado el español,
piensan como americanos,
niegan que son mexicanos
aunque tengan mi color”,

Los defensores de las fronteras cerradas nos hablan del tema de los riesgos que implica para la soberanía el abrir las fronteras. He visto muchos debates[10] y leído muchas posturas sobre el tema, y palabras más o palabras menos, se utilizan los mismos argumentos:
-       Vienen a robarnos nuestros espacios en nuestras escuelas,
-       Vienen a robarnos nuestros empleos,
-       Vienen a vivir de nuestros programas asistenciales,
-       Vienen a robarnos nuestros impuestos, 
-       Vienen a delinquir,
-       Son terroristas,
-       Vienen a robarnos a nuestras mujeres (este “argumento” no se usa en los debates serios, pero me comentó un inmigrante ilegal que lo escuchó de un “redneck[11]”).
Sin embargo, en mi opinión todos estos argumentos son demagogia pura sin fundamento real. Se preguntan alarmados: ¿Qué va a pasar si 100 millones de personas se vienen a vivir mañana a mi país? Si no hay suficientes oportunidades de trabajo se van a regresar a su país o se van a ir a otro país. Así de sencillo. Si les interesara morirse de hambre nunca habrían salido de su país para empezar. Si delinquen o no cumplen la ley se les deportará, pero ¿por qué descalificarlos de antemano y sin darles ninguna oportunidad?
“De mi trabajo a mi casa,
no sé lo que me pasa,
que aunque soy hombre de hogar,
casi no salgo a la calle”
De manera increíble, uno de los migrantes indocumentados con los que hablé me comentó que después de muchos años de trabajo tiene ya cuatro o cinco restaurantes de comida mexicana, con los que gana mucho dinero suficiente para comprar casas, carros y hasta un hermoso rancho (en pocas palabras es rico bajo cualquier estándar) y, sin embargo, todos sus bienes los posee a través de prestanombres porque para el gobierno norteamericano él simplemente “no existe”. No puede viajar a México por supuesto, porque sabe que no puede regresar por la vía legal y tiene mucho miedo de tener problemas con el “coyote”. No puede manejar porque sabe que una simple infracción de tránsito (incluso sin provocarla él) pudiera terminar con su deportación porque ya se encuentra “fichado”. No puede viajar en avión internamente dentro de Estados Unidos por temor a que lo identifiquen y lo remitan a migración. En pocas palabras, las leyes migratorias de Estados Unidos lo han convertido a él, a su familia y a otras 12 millones de personas en esclavos de ese país, no sobre una base racional y objetiva que permita considerarlos un peligro para su país, sino sobre una base irracional y nacionalista, fundada en la necesidad de los políticos de quedar bien con los electores.
Si el caso de este y de los otros 12 millones de seres humanos que viven en Estados Unidos con los mismos miedos y limitaciones, no se pueden considerar violaciones intolerables a la libertad humana, entonces estoy convencido que nuestros estándares están sumamente torcidos. No es posible que personas que luchan todos los días, que trabajan honestamente 8, 10 o más horas diarias para ganarse la vida, para formar un patrimonio y para darse y darles a los suyos una vida digna de vivir, no tengan los medios ni los derechos para acceder a una ciudadanía o al menos a una residencia migratoria, que les permita tener cuentas bancarias, bienes a su nombre y, sobre todo, salir y regresar de ese país cuando se les dé su gana.
Incluso visto desde el punto de vista meramente económico, no hay que ser un genio para deducir la cantidad de impuestos que pagarían estas personas, la cantidad de boletos de avión que comprarían, la cantidad de empleos que generaría sin fueran personas con la oportunidad de vivir de manera legal en dicho país.
“De que me sirve el dinero,
si estoy como prisionero,
dentro de esta gran nación…”
Considero que el único debate permisible en este tema, debe consistir únicamente en las reglas para que haya orden en los procesos migratorios. Quizás no a todos les interese adquirir la nacionalidad del país al cual inmigran, quizás solo les interese trabajar y vivir ahí. Quizás sí les interese la nacionalidad, que cumplan con ciertos requisitos. Lo que es intolerable, desde mi punto de vista, es que exista una cerrazón a la migración por parte de la gran mayoría de los Estados modernos, en perjuicio de lo que yo considero debe ser un derecho universal de la humanidad: El derecho a migrar.
Existen países como Suiza o como Bélgica que tienen una población menor a 12 millones de personas y que tienen un Producto Interno Bruto de 632,000 millones de dólares y 483,000 millones de dólares respectivamente. ¿Cuánta riqueza están generando estos 12 millones de indocumentados ilegales en los Estados Unidos al margen de las leyes migratorias? ¿Cuánta riqueza más podrían generar si se les diera un estatus migratorio dentro de la ley?  Sin duda alguna, el gobierno de los Estados Unidos ha apostado a querer “tapar el sol con un dedo”, porque saben que están ahí, saben que producen, saben que son mano de obra barata, y sabe que no los puede expulsar a todos por el fuerte impacto que ello tendría para la economía del país, pero también sabe que no puede legalizar su situación porque perdería popularidad con el electorado. Entonces ha apostado por hacer lo más fácil: nada. El único problema es que esta política de no tomar partido firme por ninguna postura tiene un precio que pagar: la libertad de esos 12 millones de norteamericanos sin papeles.
“…cuando me acuerdo hasta lloro,
aunque la jaula sea de oro,
no deja de ser prisión.”
Finalmente, quiero señalar que tengo la esperanza de que algún día podamos ver por el retrovisor este tema, de la misma forma en que ahora vemos por el retrovisor los campos de concentración del holocausto o los mercados de esclavos de otras civilizaciones.
El trato que se les da a los migrantes ilegales en Estados Unidos, me recuerda el trato que daban a sus esclavos a quienes no consideraban “hombres” para efectos legales y, por ende, no eran sujetos de protección de las garantías de su Constitución. De la misma forma, el gobierno y la sociedad norteamericana han tomado la decisión de no considerar como “seres humanos” a estas personas, de tratarlas como una especie de esclavos modernos que trabajan por menos dinero que los ciudadanos, que tienen menos derechos y que podemos deportar el día que cometan una infracción de tránsito sin importar si llevan viviendo 10 o más años en ese país.
Me duele el sufrimiento de los migrantes, porque su sudor vale menos que el de otros seres humanos que hacen lo mismo que ellos, solo porque tuvieron la “mala suerte” de haber nacido en una casa a 2 kilómetros al sur de la frontera. Ese es su único pecado y es uno que los norteamericanos no están dispuestos a perdonar tan fácilmente.
La doble moral y la ignorancia del pueblo norteamericano respecto al trato que le dan a estas 12 millones de personas sin duda es lo que más debe de preocuparnos, y creo que se debe de sentar un precedente para que este tema se debata en los más altos niveles de los países democráticos, y en el máximo foro para hacerlo que es la Organización de las Naciones Unidas.
Sueño y tengo la esperanza, al igual que John Lenon, con el día en que no existan las fronteras tal y como hoy las conocemos, y que la migración sea un derecho humano universal consagrado en todas las constituciones de las naciones del Mundo. Que los países se peleen por atraer a los mejores seres humanos sin importar el lugar donde nacieron, que ninguna nación impida sin fundamentos y bases sólidas la entrada a una persona que quiera residir en él pero tampoco que ningún país cierre sus fronteras para la emigración de su gente. Que sean las condiciones del mercado, las libertades políticas y la capacidad de las personas la que les permita decidir el lugar en el cual vivir, y que mientras cumplan la ley y paguen impuestos en el mismo grado que los nativos de una nación, tengan también los mismos derechos (al menos económicos) que éstos. Que si cumplen con determinados requisitos y desean la nacionalidad del lugar en el que viven, puedan acceder a ella sin que normas y leyes llenas de prejuicios se los impidan.
Creo que el día que logremos que todos los países del Mundo abran de esa manera sus fronteras, viviremos en un Mundo mucho mejor, porque así como la apertura de los mercados ha sido un gran impulso para las sociedades, la apertura de las fronteras necesariamente traerá en el mediano y largo plazo un mayor bienestar generalizado para todos los seres humanos y, en el corto plazo, lo hará para los doce millones de norteamericanos que viven sin papeles.




[1] http://www.nytimes.com/2013/09/24/us/immigrant-population-shows-signs-of-growth-estimates-show.html?_r=0
[2] CAMAROTA, Steven A. “Immigrants in the United States. A Profile of America’s Foreign-Born Population”. Center for Inmigration Studies, Washington DC, Estados Unidos, 2012. Consultado en: http://www.cis.org/sites/cis.org/files/articles/2012/immigrants-in-the-united-states-2012.pdf
[3] MEDINA, John. “Brain Rules. 12 principles for surviving and thriving at Work, Home, and School”. Pear Press. Estados Unidos de América, 2012.
[4] ISHAY, Micheline R. “The History of Human Rights”, EEUU, Universidad de California Ed., 2004.
[6] “Empapelarse” es un término común utilizado por los indocumentados latinos para referirse a aquellos que han logrado conseguir sus documentos o papeles de residencia o ciudadanía.
[7] VARGAS, José Antonio. “My Life as an Undocumented Inmigrant”, The New York Times, Junio, 2011. http://www.nytimes.com/2011/06/26/magazine/my-life-as-an-undocumented-immigrant.html?pagewanted=all
[9] SARTORI, Giovanni.
[11] Así se denomina al sector más radical de los norteamericanos. 

jueves, 5 de septiembre de 2013

¿Es malo ser Incongruente en un Mundo Intolerante?

Existen muchas razones por las cuáles, diferir de lo que la mayoría de la comunidad en la que coexistes piensa o cree, es en detrimento de una vida armónica, pacífica e –incluso- segura. Entre los ejemplos de este tipo de creencias están desde las aparentemente más burdas, como el equipo de fútbol al que se apoya, hasta otras más serias, como ser homosexual. En cada una de ellas los matices son diferentes, pero casi en todas existen factores en común que parecieran indicar que el sentimiento que las origina es en todas el mismo: la intolerancia.

La intolerancia debe tener cierto respaldo biológico (genético) para existir, y me atrevo a decir que es un sentimiento innato a todo ser humano. Quizá es un rasgo evolutivo útil excluir a “los diferentes” y quizás estamos biológicamente pre-condicionados a temer a quienes consideramos diferentes a nosotros (de la misma manera que lo estamos para salivar si vemos un apetecible pedazo de comida). En ese sentido, quizás no podamos erradicarla, pero la impresionante acumulación de información y respuestas que hemos encontrado como especie, nos puede ayudar a entenderla y encauzarla para que ella genere el menor daño posible a los individuos de nuestras sociedades.


“Aprender a amar a dios en tierra de indios…”

Este popular refrán engloba un sentir tradicional de profunda anti-tolerancia. Su origen pareciera ser el odio que sentían las comunidades que habitaban este territorio de América hacia los colonizadores/conquistadores europeos, que justificaban las atrocidades que cometían en contra de ellos en el “nombre de dios”. Ellos solían justificar las inhumanidades que cometían pensando que estaban actuando con “el respaldo del señor” al bautizarlos en la Iglesia que representaban. Irónicamente, ahora quienes más usan este refrán son católicos creyentes de aquél mismo dios que tanto odiaron los “indios”, e irónicamente también, esos mismos “indios” cometían atrocidades entre ellos de naturaleza similar o incluso peor.
El punto de traer el refrán a colación, es que pareciera indicarnos que la intolerancia es tan aceptada como éste, tan utilizado en muchas situaciones, y que dicha intolerancia tiene repercusiones de toda índole en aquellos que difieren de la mayoría de un grupo determinado, desde ostracismo político y social hasta verdaderos linchamientos.
Pero ¿cuál es el origen de la intolerancia? En sentido general, ya lo dijimos, debe tener un origen biológico (genético) que por alguna (o varias razones) premió a aquellos individuos que excluían a otros que eran diferentes, de la misma forma en que los genes altruistas lo han hecho. Quizás ese sea una de las grandes paradojas que los antropólogos aún no han acabado de explicar a cabalidad: ¿Por qué residen en nosotros comportamientos tan altruistas y tan intolerantes simultáneamente? Por supuesto que hay muchos estudios sobre la materia, y la mayoría apuntan hacia la “selección grupal” de la especie y al miedo a lo diferente, aunque tengo entendido que sigue habiendo vacíos por explicar que siguen llenándose con especulaciones de diversa índole. Lo importante es que ambas tendencias, intolerancia y altruismo, están ahí en nuestros genes y debemos lidiar con ellas en una sociedad que sigue minimizando la existencia de una y magnificando la existencia de otra, en un claro ejemplo de “doble-moral” colectiva.


“For what is a man, what has he got? If not himself, then he has naught.
To say the things he truly feels and not the words of one who kneels.
The record shows I took the blows and did it my way!”

Sin duda alguna prácticamente todo ser humano enfrenta a lo largo de su vida, de una a millones de veces, la dicotomía entre el “ser individual y único” y el “ser colectivo”. El vivir a su modo, o vivir al modo de los cánones sociales. El ajustarse a las reglas o salirse de ellas. De todos es conocido que la edad representa uno de los factores más poderosos para ser “rebelde”, para buscar salirse del “status quo”; Churchill lo resumía diciendo que el que a los 18 años no es comunista es un idiota, y que el que a los 40 años es comunista es un idiota... Pero esa rebeldía suele carecer de fundamento racional, y muchas veces se resume en la simple búsqueda de actitudes o manifestaciones que los distingan de los adultos. Pelo largo, aretes, tatuajes, anarquismo, socialismo, anti-clericalismo, etc. Todo aquello que los haga marcar una línea respecto de los adultos suele ser suficiente para dicho fin, sin importar demasiado el trasfondo, la justificación o la racionalidad detrás de dicha actividad o manifestación.

Sin embargo, no es esta “rebeldía” la que ahora interesa, sino un estilo de vida maduro y bien pensado que se oponga a las normas de la colectividad. Muchos de esos estilos de vida, justificadamente, producirán intolerancia social, por ejemplo, aquél adulto que todos los días organice fiestas con música de altos decibeles que terminen hasta la madrugada, aquél vecino que maneje siempre en exceso de velocidad en calles residenciales o aquél adulto que lance miradas lascivas y piropos a todas sus vecinas, sin importarle su estado civil o edad. Este tipo de intolerancia justificada tampoco es materia de este texto, pues creo que cualquier persona que dañe concreta y objetivamente a la comunidad en la que habita, por supuesto que debe ser reprendido y una de esas formas de reprensión es precisamente el ostracismo social o algo más severo como la intervención de las autoridades.

Finalmente, tenemos la intolerancia hacia las personas que no producen ningún daño objetivo, una intolerancia producto de razones sin justificación real y objetiva, producto de prejuicios de índole hereditaria, supersticiosa y/o religiosa. Este tipo de intolerancia es la que genera una profunda dicotomía en muchísimas personas que viven en la sociedad que no tolera esas diferencias y que tienen que vivir permanentemente “ocultas” o discretas. Sus prácticas, estilos de vida o creencias son consideradas un mal para toda la sociedad, pero no hay ninguna prueba de que esto sea verdad, y como ya lo referí, todo se mantiene en el campo de la especulación y la convicción generalizada sin fundamento. En México, en este grupo podríamos señalar, solo por ejemplificar, entre otros:

-          Homosexuales;
-          Prostitutas;
-          Extranjeros e inmigrantes;
-          Religiosos no-católicos;
-          Ateos y librepensadores;
-          Mujeres;
-          Drogadictos;
-          Polígamos;
-          Adultos mayores;
-          Discapacitados;
-          Empleadas domésticas y trabajadores de la construcción;
-          Indígenas;
-          Pobres y ricos (sí, también hay prejuicios sociales respecto de los ricos);
-          Burócratas;
-          Consumidores de pornografía;
-          Lugar de origen dentro del país (chilangos, michoacanos, sinaloenses, etc.);
-          Aficionados a ciertos equipos de fútbol;
-          Aficionados a la tauromaquia;
-          Etc.
Aunque tomaría muchas hojas analizar individualmente todos y cada uno de los casos, con ejemplos concretos de intolerancia en cada uno de ellos, el común denominador en la mayoría de los casos descritos, es la simple pertenencia a alguno de ellos, no convierte a una persona en un peligro para la sociedad y, sin embargo, suelen ser excluidas y mal vistas en muchos círculos sociales y, más lamentablemente todavía, en los laborales. Muchas de estas personas tienen que vivir “en el clóset” buena parte de su vida (o toda ella), simplemente porque la colectividad no puede tolerar sus diferencias con ellos, a pesar de que objetivamente en nada les afecten sus diferencias. Incluso, el grado de intolerancia injustificada puede ser tal, que hasta sus hijos pueden sufrir en la escuela o “el barrio” de sus nocivas consecuencias: “No le hablen a ese porque es hijo de una chacha (o chilango)…”, por ejemplo, son expresiones que forman parte del “pan de cada día” en prácticamente todas las escuelas del país, tan solo por mencionar un ejemplo.


“¡Ser, o no ser, es la cuestión!— ¿Qué debe más dignamente optar el alma noble entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor, o rebelarse contra un mar de desdichas, y afrontándolo desaparecer con ellas?”

Hasta este punto, no me queda duda de que las premisas de este texto son claras:
-          La intolerancia existe (por muchas razones).
-          Muchas de las razones de la intolerancia son irracionales e injustificadas.

Ahora viene la otra “cara de la moneda”. ¿Cómo vivir en una sociedad intolerante y ser congruente en el intento? ¿Abrirse de frente o vivir de la manera más discreta posible intentando no contrariar a la colectividad y el status quo? Las mujeres representan un caso icónico en esta dicotomía, pues siendo representantes equitativas de la sociedad en la que viven (en México son el 51%), aún así llevan miles de años siendo objeto de intolerancia y discriminación. Desde los registros bíblicos hasta la fecha, siguen siendo consideradas inferiores a los varones en muchísimas sociedades, y a pesar de no ser una minoría, no han podido superar dicha intolerancia muchas veces encabezada por ellas mismas. La antropóloga Hellen Fisher le atribuye a la agricultura y al sedentarismo el origen de la exclusión, y asegura que durante los millones de años previos de evolución, varones y hembras tenían trato igualitario en sus grupos sociales. Como ese, hay muchos estudios, hipótesis y largos debates sobre la existencia o no de razones biológicas para que dicho fenómeno se presente, en lo cual prefiero no ahondar en este momento porque es –hasta cierto punto- irrelevante para el objetivo de este ensayo; lo importante es la existencia del caso, que puede servir tanto para desalentarnos como para alentarnos tomando en cuentas los avances conseguidos en los últimos 100 años, que superan los conseguidos en los anteriores 6,000.

Personalmente uno de los aspectos que más me llaman la atención es conocer a personas que pertenecen a un grupo “excluido” o poco tolerado, las cuales se quejan injustamente de las consecuencias de esta intolerancia en su perjuicio, pero que a su vez son intolerantes. Homosexuales intolerantes de los indígenas; indígenas varones intolerantes de mujeres indígenas; mujeres intolerantes de los ateos;  ateos intolerantes de chilangos; chilangos intolerantes de aficionados a la tauromaquia; etc, etc…

Amén de todas estas incongruencias, el fondo de la cuestión sigue intacto: ¿Se puede vivir con congruencia cuando se piensa diferente?  ¿Puede haber congruencia en el silencio? Yo creo que sí… Yo creo que no gritar “a los cuatro vientos” tus diferencias sociales que pudieran excluirte de la sociedad es válido y congruente, de la misma forma que es válido y congruente ser un arquitecto que diseña una casa en un estilo que no le gusta. Al final del día, somos seres sociales y si decidimos permanecer en esta sociedad, tenemos que ajustarnos a las reglas generales que la rigen, para evitar la exclusión. ¿Que la inclusión es injusta e irracional? Si, en muchos casos es verdad, pero no por ello se puede cambiar a toda una sociedad con un solo grito de protesta. Por supuesto que los activistas son quizás el mejor ejemplo de altruismo, pues dedican buena parte de su tiempo en manifestar su reclamo ante lo que perciben injusto, estén o no dentro del grupo discriminado o no tolerado. Pero considero que no se tiene que ser activista para ser congruente. Pienso que se puede vivir dignamente y viendo de frente a las personas, sin renunciar a tus creencias, pero sin exhibirlas abiertamente. Si se quiere hacer, el resto de la sociedad lo debe de respetar si ésta es progresista, y si no se quiere hacer, también se debe de respetar esa decisión, sin cuestionarse. El instinto de supervivencia es muy poderoso y cuando se perciben situaciones de peligro, como la exclusión y el ostracismo social, es muy difícil que una persona tenga la fuerza y la manera de remar contra esa corriente.
Un ejemplo muy claro de esto lo tenemos en el periodo de la conquista del territorio que ocupaban los aztecas y otras tribus del territorio que ahora conocemos como México. Ellos era sumamente devotos de “sus” dioses de la misma manera que los españoles eran sumamente devotos de “sus” dioses (llamados dios padre, dios hijo, dios espíritu santo, virgen maría, y cientos de santos). Cuando los segundos se impusieron bélicamente sobre los primeros, intentaron también imponer a “sus” dioses y los pusieron a construir centros de adoración dedicados a los “nuevos dioses”. Sin embargo, existen muchas versiones que señalan que al menos las primeras generaciones de aztecas que vivieron bajo ese yugo, nunca rezaron al dios traído de España ni a la Virgen María (en su versión guadalupana), sino que siguieron rezando a “su” Tonantzin-Coatlicue (la diosa madre), y que incluso, la Basílica fue construida justo encima de donde estaba el templo de aquella importante diosa azteca, como símbolo de imposición, pero que irónicamente facilitó la hipocresía. Al llegar al altar probablemente le oraban a Tontantzin y le pedían que pusiera fin con su poder divino al asedio. Ellos estaban convencidos de la existencia del Mictlán y de “su” Paraíso, y aunque se arrodillaban ante otra diosa, seguían rezando a la suya esperando al final de su vida obtener por ello su recompensa.  Así las cosas, ¿podemos acusar a estos aztecas de incongruentes? Si decían que no creían en la Virgen, los azotaban y quizás hasta mataban, si decían que sí creían en ella, no les pasaba nada… Sin embargo, podían seguir rezando a quien en ellos realmente creían y al mismo tiempo conservar su vida. Yo creo que no hay incongruencia, porque por mucha fe que uno pueda tener, en la mayoría de los casos se acaba imponiendo el instinto de supervivencia, y éste es muy poderoso. Por ello han existido tantos esclavos en la historia de la humanidad, porque sin libertad y sin instinto de supervivencia, probablemente se suicidarían colectivamente, pero incluso sin libertad, el instinto de supervivencia es muy difícil de reprimir, de eso se encargan los genes que muchos miles de millones de años les ha tomado crear estas maquinas de supervivencias llamadas seres vivos, como para que sea tan fácil para uno de nosotros ignorarlos.


Finalmente, quiero decirles a todos aquellos que ocultan sus diferencias por temor (o respeto) a la sociedad en la que viven, que no se sientan menos valiosos o menos humanos por hacerlo, porque al final de cuentas, nuestra mayor directriz es sobrevivir, y estamos programados para tratar de minimizar las amenazas a nuestras integridad y vida. Quizás sí exista cierta incongruencia si llegamos al Estadio con la camisa del equipo local cuando en realidad apoyamos al visitante, pero mientras sea una incongruencia o una hipocresía necesaria para sobrevivir, es justificable ya que obedece a un fin infinitamente mayor. El engaño que se hace para cuidar nuestra integridad o vida, es equivalente a la “defensa propia” que nos exime de matar a un delincuente que entra a matarnos a nuestra propia casa. Lo que sí creo es que estamos obligados a tratar de poner nuestro “granito de arena” para abatir todo tipo de intolerancia injustificada y para que la razón impere sobre los instintos de los seres humanos que integramos una sociedad, pero no hay que sentirnos mal por muchas veces no poder evitar esconder nuestras diferencias, máxime cuando éstas no hacen daño ni afectan objetivamente a nadie. La intolerancia es un “defecto” humano que tiene una razón evolutiva, la misma razón evolutiva que vuelve locos a los niños ante la presencia de los dulces y caramelos, pero tenemos que aprender a entenderla y a encauzarla (más que a suprimirla), pero ello, es cuestión de mucho trabajo, de mucho “picar piedra”, de muchos “granitos de arena”, como lo trato que sean las presentes palabras.

jueves, 1 de marzo de 2012

Evolución y Derecho Natural - 1ra Parte

El ser humano es producto de, al menos, decenas de millones de años de evolución, aunque podemos reconocer que la línea evolutiva de la cual surgió en “Homo sapiens sapiens” debe tener cerca de 5 millones de años. De hecho, el rango evolutivo actual se alcanzó “apenas” hace 200,000 años, edad de los restos humanos más antiguos que se hayan encontrado.


Para entender el Derecho, debemos entender lo que pasó en esos 5 millones de años desde que las especies de homínidos que nos precedieron tuvieron que descender de los árboles y adaptarse a vivir en tierra firme. En esos 5 millones de años fueron necesarias muchas adaptaciones evolutivas que permitieran sobrevivir, generación tras generación, a esos primero homínidos completamente inadaptados a su nuevo hábitat. Prácticamente todas las características que nos definen actualmente como seres humanos, y de las que nos sentimos tan orgullosos, al grado de no considerarnos animales o, en el peor de los casos, considerarnos como el “único animal racional”, se las debemos a ese periodo de adaptación y evolución de 5 millones de años hasta llegar a ser quienes somos desde hace 200,000 años.

El “Derecho” es producto de la evolución, de la misma manera que lo es nuestro gran cerebro, nuestra capacidad gutural, nuestros órganos sexuales, nuestra capacidad de caminar erguidos, nuestros ojos, nuestro tamaño, etc., etc., etc… Para poder entender el “Derecho”, debemos primero entender su origen, y debemos tener muy claro que el Derecho está y siempre debe estar al servicio del ser humano y nunca viceversa.

Cada rasgo, cada comportamiento, cada detalle de cada ser vivo sobre la faz de la Tierra tiene una explicación. Desde la Teoría de la Selección Natural y hasta la fecha, se han podido explicar decenas de miles de comportamientos y características de los seres vivos que, sin la luz de esa teoría, eran inexplicables, al menos epistemológicamente.

El Derecho, al igual que los complejos diques de los castores, tiene necesariamente una explicación evolutiva: Existe porque es, o al menos fue durante demasiado tiempo, necesario para la supervivencia de nuestra especie y, muy probablemente, de especies que nos precedieron. Es muy probable que Homo Sapiens arcaicos (como el Hombre de Steinheim) y quizás otros antes que ellos, desarrollaran las nociones del Derecho que son la base y el sustento del Derecho actual.

Exactamente de la misma forma que la noción de Derecho, la noción de Moral debe ser producto de la evolución de, por lo menos, esos referidos 5 millones de años. Existen tratados que señalan que la moral no es otra cosa que selección natural: Los homínidos que eran más cooperativos con su grupo social, eran los que tenían más probabilidades de sobrevivir y transmitir sus genes a la siguiente generación. Repite esta fórmula durante millones de años y obtendrás un “sentido de la cooperación” que ahora se traduce en “moral”. Esa “brújula” que solemos llamar “conciencia” es producto de millones de años de evolución, que fueron inclinando a nuestros antepasados no a “hacer el bien” sino a “cooperar para sobrevivir”, a no “dañar a su prójimo innecesariamente”, a “defenderse en grupo”, etc., etc. Imaginémonos justo en este momento que nos encontramos desnudos con otros 11 humanos, sin herramientas, con una menor inteligencia y debiendo luchar por la comida con leones, tigres y guepardos. ¿Qué hacemos? Supongamos que 2 de ellos (una hembra y un varón) dicen: “Nosotros nos las arreglamos solos” y toman un camino diferente, los otros 10 deciden agruparse y planear alguna manera de sobrevivir, ayudándose unos a otros. ¿Quiénes tendrán más probabilidades de sobrevivir en un medio ambiente completamente hostil?

He ahí una explicación muy lógica para la “moral humana”: Es producto de la evolución, fue necesaria para sobrevivir, y solamente aquellos que, al menos en términos generales, estaban dispuestos a ayudar, a no engañar, a no traicionar, a no matar y de respetar al prójimo hasta donde les fuera posible para tener posibilidades de reproducirse, fueron los que efectivamente lograron transmitir sus genes a la siguiente generación, quienes por consecuencia eran más proclives a tener esta “capacidad de ser buenos”.

Pero no somos “buenos” porque haya sido nuestro gusto serlo, sino porque era necesario desarrollar esa bondad que abarcara más allá de nuestros propios hijos (hacía los cuales no hay animal “malo”), porque somos una especie que evolucionó a base de entender (bajo pena de morir sin reproducirse) que nos necesitábamos los unos a los otros mucho más que otras especies de animales que había evolucionado bajo esquemas más egoístas. No somos únicos, existen especies como las hormigas en que la necesidad de cooperación fue tan grande, que gran parte de su población (hormigas obreras o soldado) nacen estériles y únicamente trabajan para que la llamada “Reina” pueda reproducirse con los “machos alados”. Sin embargo, nadie pudiera definir a las hormigas obreras como “moralmente buenas” ¿o si? Bueno, pues hacerlo con los humanos es exactamente lo mismo. No somos “moralmente buenos”, somos, en todo caso, “evolutivamente buenos”, y nuestra moral o nuestra conciencia, son productos de la evolución, como nuestros ojos.

Evidentemente, así como hay personas ciegas, mudas o sordas, también existen personas insensibles al dolor ajeno, crueles y “malas” per se, sin ninguna otra motivación para ser malas que el hecho de serlo. Pero muchas otras personas que se les ha clasificado como “malas”, en realidad estaban únicamente siguiendo un instinto de preservación. ¿Se le puede llamar “malo” al padre de familia que, al ser su casa atacada por unos asaltantes dispuestos a matar y/o violar a su esposa e hijos decide matarlos? Tal vez sea llamado malo por la esposa e hijos de esos asaltantes, o tal vez sea llamado malo en muchos otros contextos, como si él era negro y los asaltantes blancos, o él era judío y los asaltantes cristianos, etc., etc. Pero en realidad, su instinto de supervivencia se sobrepuso (como en casi cualquier ser vivo) a su instinto de ser cooperativo y bueno con otros de su misma especie.

Lo que llamamos “moral” es un instinto que evolucionó durante millones de años y que nos dice, palabras más palabras menos: “Tienes que ser cooperativo con los demás humanos porque ello es necesario para tu supervivencia, siempre y cuando ello no ponga absurdamente en riesgo tu propia vida y la de tus hijos”.

Así las cosas, y muy probablemente de manera conjunta con el desarrollo de esa noción evolutiva de “ser bueno con el prójimo para poder sobrevivir”, se desarrolló también, generación tras generación, un cerebro mayor a pesar de su gran consumo calórico. Entre las grandes ventajas, o quizás dos de las más grandes necesidades del ser humano que le dieron forma a nuestro cerebro actual se encuentran:

- La capacidad de abstracción.

- La capacidad de una detallada comunicación.

Aunque quizá la segunda sea una especie de la primera, para efectos prácticos diremos que ambas necesidades debieron traer como consecuencia el perfeccionamiento del cerebro hasta llegar a conformarse el que actualmente tenemos. El cerebro no es perfecto y como todo órgano que ha evolucionado producto de la selección natural, el cerebro, a pesar de su gran tamaño se desarrolló para funcionar la mayor parte del tiempo en “automático”, a través de atajos que ahorren la mayor energía posible. Ello tiene consecuencias negativas, sin duda, pero que no superan a las positivas (eso es muy importante en términos evolutivos) y con las cuales hemos aprendido, como especie, a vivir durante, al menos, los últimos 200,000 años. Sin embargo, el hecho de que recientemente hayamos podido conocer con mucho detalle el funcionamiento del cerebro, también nos ha permitido explicar muchos de nuestros prejuicios e irracionalidades constantes que cometemos en nuestra vida diaria. También nos ha permitido comprender por qué, cuando tomamos una decisión la percibimos como de origen etéreo e inmaterial. Retomando el ejemplo del Premio Nobel Daniel Kahneman, aunque es tu mano la que toma el salero, no percibes este evento en términos de una cadena de causalidad física. Lo experimentamos más bien como una acción ocasionada por una decisión que hizo un "tu" ajeno al cuerpo, simplemente porque ese "tu" quería ponerle sal a la comida. El psicólogo Paul Bloom señaló que el cerebro humano está preparado de manera innata para separar las causalidades físicas de las intencionales, de tal manera que "percibimos el mundo de los objetos como esencialmente separado del mundo de las mentes, haciendo para nosotros posible visualizar almas sin cuerpos y cuerpos sin almas.".

Pero, ¿qué tiene que ver todo esto con el Derecho? Pues bien, para efecto de poder comprender debidamente el Derecho, debemos comprender primeramente al ser humano y a su cerebro, y para comprenderlos adecuadamente se deben analizar y tratar de entender las causales evolutivas que nos hicieron ser quienes somos, así como el análisis moderno que la ciencia hace del órgano humano sobre el cual se cimientan todas nuestras creaciones, entre ellas desde luego: El Derecho.

Desde este punto de vista, para mí El Derecho debe definirse como: El conjunto de normas adoptadas como obligatorias por un grupo determinado de seres humanos, con el objeto de poder sobrevivir como tal y vivir en la máxima armonía posible entre sus integrantes.

El grupo de seres humanos puede ser de cien, cien millones o siete mil millones, eso no importa, lo importante es que la definición que propongo de Derecho es descriptiva y atiende a lo que siempre ha sido el Derecho, y aunque pudiera correrse el riesgo (por así parecerlo) que también pueda aplicarse a lo que el Derecho debe ser, ello quizá sea demasiado pretencioso.

Quiero aclarar que las normas no deben ser necesariamente escritas y que éstas pueden y deben ser cambiantes y adaptativas. Por ejemplo, lo que ahora conocemos como Derechos Humanos, pueden o no existir en un momento determinado dentro de un “Derecho Positivo”, al menos de manera explícita, pero su noción está implícita dentro de la definición pero solo para los miembros de ese grupo. Si un grupo considera que otro grupo está poniendo en riesgo su subsistencia, no tendrá razones para respetar los “Derechos Humanos” del grupo ajeno, porque dichas personas estarán ajenas a su “Derecho”. Lo que ahora conocemos como “Declaración Universal de Derechos Humanos” no es otra cosa que un conjunto de normas que un grupo, un gran grupo formado por muchos grupos, determinó como normas obligatorias para todos sus integrantes con el objeto de buscar la supervivencia y la armonía de ese gran “Grupo de grupos”, pero no es absolutamente nada más que eso. Su supuesta “universalidad” es falsa, ya que en 50 o 500 años pudieran plasmarse nuevos o cambiarse los existentes y se les seguiría llamando “universales”.

FIN DE LA PRIMERA PARTE